Fonoescena 1: Persiguiendo el cine

23 Mar Fonoescena 1: Persiguiendo el cine

 

No hace falta decir que el «origen» de esta serie de entradas que ahora comienzo es el confinamiento vírico que estamos sobrellevando, justo cuando se acaba la primera semana y nos dicen que en lugar de dos pon cuatro (uno de oca, como apuntaba Groucho). La intención es recoger algunos de los materiales que hemos trabajado en el Taller de Historia del Cine (Asociación Salamandra de L’Eliana) para ofrecer pequeños chispazos del devenir de la historia del cine que resulten significativos en su brevedad. El título de la serie también tiene su razón —aunque una vez conocida muchos pensarán que no se ajusta al medio elegido—, pero eso lo comentaremos más adelante.


Cuando nace el cine, a finales del siglo XIX, la fotografía ya hacía tiempo que andaba por el mundo. Aunque faltaba el movimiento se sabía el fundamento que iba a hacerlo posible: la persistencia retiniana. Según esta teoría, las imágenes que vemos permanecen en nuestra retina una décima de segundo antes de desaparecer. Por ello, aunque veamos las imágenes de forma independiente, al presentarse de modo sucesivo nos otorgarán una sensación de continuidad cuando se supere la cifra de 10/12 imágenes por segundo, ya que es el máximo de imágenes que el ojo humano puede asimilar como separadas en ese tiempo. Si se excede ese número de imágenes se percibirán como movimiento. El cine aprovechará, pues, el efecto de la persistencia retiniana para crear una sensación ficticia de movimiento donde realmente existen imágenes estáticas (artefactos tan antiguos como el zootropo ilustran esta teoría).


La carrera por ser el primero en conseguir el cinematógrafo se libra, fundamentalmente, en dos territorios: Francia, con algunos industriales de la fotografía que tratan conseguir este nuevo producto para ponerlo a disposición de sus clientes (el futuro del cine como espectáculo de masas parece que todavía no estaba en la mente de sus perseguidores), como la familia Lumière o Leon Gaumont; y en los Estados Unidos, a cargo del coleccionista de patentes Thomas A. Edison, que llegó a patentar un aparato que reproducía las imágenes en movimiento: el kinetoscopio.


Se trataba de un aparato destinado a la visión individual de bandas de imágenes continuas, pero sin la posibilidad de proyectarse en una pantalla (la seña de identidad del cine). La película pasaba por una lámpara eléctrica y por debajo de un lente colocado en la parte superior de la caja. El visor individual se ponía en funcionamiento introduciendo una moneda que activaba el motor eléctrico y ofrecía una visualización de unos veinte segundos.


Como todos sabemos, la carrera la ganaron finalmente los Hermanos Lumière, que patentaron su descubrimiento el 13 de febrero de 1895. Ese mismo año rodaron su primera película, «La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir», de la que se han recuperado hasta tres versiones distintas. Fue presentada el 22 de marzo de 1895 en una sesión de la Société d’Encouragement à l’Industrie Nacional en París. El siguiente paso era la proyección pública.

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1Comment
  • Enrique Tercero
    Publicado a las 13:21h, 23 marzo Responder

    Fascinante, por lo glorioso que fue el comienzo de algo tan imaginativo como es el cine

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