Yo, Tonya

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05 mar Yo, Tonya

 

El biopic —ese apartado de películas que tienen como objetivo retratar la vida de un personaje público, más o menos famoso, preferiblemente fallecido, aunque hay suficientes ejemplos en los que los protagonistas en el mundo real continúan con vida— es un género particularmente desdichado, con numerosos fiascos en su haber, tantos que uno desconfía antes de ir a ver la película. Pero, como siempre sucede, hay excepciones, incluso valiosas excepciones.

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Las principales se sitúan, casi como si se hubieran puesto de acuerdo,  dentro de un determinado grupo de protagonistas, los pintores. Quizás sea por la proximidad de sus protagonistas hacia un determinado arquetipo, el artista maldito atormentado por dentro y por fuera, con un interior consumido por la genialidad y con un exterior que se empeña en negarle el pan y la sal, permanentemente incapaz de reconocer en su personal mirada la categoría de nuevos caminos en la pintura. Gente que fracasa y termina en el olvido, pero cuya obra valdrá millones en un futuro. Material de primera para las historias de ficción, vamos… Van Gogh en Lust for life / El loco del pelo rojo (Vincente Minnelli, 1956), Modigliani en Les amants de Montparnasse (Jacques Becker, 1958) o Paula (Modershon) Becker en la reciente Paula (Christian Schwochow, 2016).

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Pero también hay excepciones tipo francotirador que no pertenecen a ninguna familia conocida y que parecen haber surgido por generación espontánea. Yo, Tonya, la película recién estrenada, es una de esas agraciadas excepciones. Y eso que los astros no apuntaban a ninguna afortunada alineación. Su director, el australiano afincado en New York Craig Gillespie, presentaba una hoja de servicios poco fiable —pelis de género como Cuestión de pelotas y Noche de miedo; incluso un biopic de bajo rango, El chico del millón de dólares; y sólo una rareza titulada Lars y una chica de verdad como mínima garantía— y la protagonista era una estrella del patinaje sobre el hielo norteamericano con una vida bastante azarosa, un personaje que tampoco despertaba mucha confianza.

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Bueno, pues esta vez los astros se equivocaron y nos encontramos ante una película muy estimable, que supera los márgenes de la anécdota del personaje —por supuesto atendiéndolos de manera exquisita, que es la única forma de rebasarlos— y los trasciende en una fábula sobre los perdedores en una sociedad de triunfadores como es la norteamericana. Tonya Harding, una mujer marcada por una vida particularmente áspera que se mimetiza en esa rudeza para esconder su propia fragilidad (excelente trabajo de Margot Robbie), tiene inscrito su nombre en la historia del patinaje artístico norteamericano por una doble y contrapuesta razón: por ser la primera mujer de esa nacionalidad en completar un triple mortal en una competición y por su implicación, en el grado que sea, en el ataque a una compañera de equipo olímpico planeado por su marido en compañía de un descerebrado amigo que pretende ser un guardaespaldas profesional. La cara y la cruz, de heroína a villana en cuestión de días. Y por si todo eso fuera poco, nuestro personaje —el de la vida real— cuando es expulsado del patinaje profesional se pasa al boxeo femenino… una vez más la realidad supera a la ficción.

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Mención especial merece la madre de la protagonista —interpretación que le ha valido un (muy merecido) Oscar a la actriz Allison Janney—, uno de los personajes más escalofriantes que recuerdo en la pantalla, un auténtico paradigma de una atroz manera de entender la vida, la familia y la maternidad que haría temblar de miedo al mismísimo Freddy con todas sus cuchillas.

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