06 Jul Nueve días en Estocolmo (1/2)
Estocolmo, la última capital nórdica que nos quedaba por conocer —tras Helsinki, Oslo y Copenhague—, ha «caído» este año en un agradable viaje en compañía de una pareja de buenos amigos (mi hermano pequeño y mi cuñada). Nuestro punto de partida ha sido, como siempre que es posible, nuestra ciudad de Valencia, aprovechando las dos salidas semanales, ida y vuelta, que se ofertan actualmente a la capital sueca, alguna en un horario bastante intempestivo. La época elegida para el viaje, finales de junio, ha coincidido con el solsticio de verano, lo que unido a la condición muy septentrional de la ciudad ha hecho que las noches apenas duraran algo más de tres horas —y no tengo claro que se llegara al estado de noche cerrada—, con lo que el día daba para todo lo que uno quisiera.

Algo más de tres horas y media de vuelo hasta el aeropuerto de Arlanda, a unos 50 kilómetros de distancia de Estocolmo, desde el que se puede acceder fácilmente a la capital sueca con un tren / metro que, en algo menos de media hora, llega a la estación T-Centralen, en pleno centro del Estocolmo continental y auténtico corazón de la fantástica red de Metro que posee la ciudad, allí se llama Tunnelbana y hay que buscar un T para localizar sus estaciones. Para utilizarla es muy recomendable adquirir una tarjeta de transporte —el bono de 7 días cuesta unos 50 euros— que no solo permite utilizar el metro, el autobús y el tranvía (solo hay una línea, la 7, que conduce desde el centro continental hasta la isla de Djurgarden), sino que también sirve para algunos barcos que hacen las funciones de metro o autobús entre algunas islas. Incluso uno de estos recorridos incluidos en la tarjeta puede servir de pequeño itinerario por las islas que componen la ciudad de Estocolmo sin tener que contratar una de las muchas travesías turísticas que se ofrecen. En concreto la línea 84, que llega hasta la isla de Alstaket, con varias paradas intermedias, en un viaje de algo más de una hora de duración.

Al igual que sucede en otros países nórdicos que hemos visitado, casi todo el mundo habla inglés y la moneda no es el euro, sino la corona sueca —hay que dividir por diez para hacer una traslación aproximada a su valor en euros—, aunque, igual que nos sucedió en las otras escapadas nórdicas, no llegamos ni a verla porque todo se puede —incluso diría que se debe— pagar mediante tarjeta de crédito. Estocolmo es una ciudad monumental, con multitud de edificios, no solo los reconocidos, que llaman la atención. Es también una ciudad con muchos y amplios espacios verdes, y con una amigable relación con todo tipo de pájaros, desde los marinos hasta los terrestres. Una ciudad que, como sucede en el resto de las capitales nórdicas, tiene una relación radicalmente diferente a la nuestra con la muerte y los que ya no están, pues los cementerios son unos parques por los que se puede pasear junto a las tumbas excavadas en la tierra y marcadas con piedras de diferentes formas, en algunos casos ejerciendo incluso de parques de determinados barrios.

Nosotros visitamos dos cementerios, mejor dicho visitamos uno y nos «encontramos» con otro, en Djurgarden, en el que entramos pensando que era un jardín público, para sentarnos un rato a la sombra, hasta que comenzamos a ver las tumbas. El que fuimos con toda la intención, el Norra Begraviningsplatsen, se encuentra en las afueras norte de la ciudad, hay un bus que te deja en la puerta, y lo hicimos, a instancias de mi hermano y mía, para encontrar las tumbas de unos cineastas —parafraseando la frase inicial de la película «La soledad del corredor de fondo», correr es cosa de familia, sobre todo huyendo de la policía, aquí podríamos decir que visitar cementerios es cosa de familia, sobre todo buscando tumbas de cineastas—. Especialmente la del gran Victor Sjöstrom, uno de los padres del cine sueco y autor de una de esas películas que inventaron el cine, «Los proscritos» (1918). Hay que decir que encontramos todas las que teníamos en la lista, menos una que, finalmente, decidimos no localizar.

Estocolmo, aunque tiene una importante parte continental, es fundamentalmente un conjunto de islas situadas a escasa distancia unas de otras y unidas por puentes. La ciudad integra hasta 14 islas, algunas simples islotes —aunque el archipiélago de Estocolmo contabiliza en torno a 30.000—, una circunstancia que, al menos en mi caso, hizo un poco más complejo eso de orientarse. A la hora de desplazarse a pie también hay que prestar (bastante) atención a los ciclistas, pues los numerosos carriles por los que transitan están situados junto a la acera y hay que cruzarlos para poder acceder a los semáforos o pasos de peatones.

De hecho, el auténtico centro de Estocolmo, la parte vieja de la ciudad y también la más turística, es una isla, un conjunto de cuatro islas para ser más precisos, Gamla Stan. La principal es Stadsholmen, aunque es común referirse a ella como Gamla. Las tres restantes, con un tamaño sensiblemente inferior, son Helgeandsholmen, ocupada en su práctica totalidad por el Parlamento sueco; Riddarsholmen, con una iglesia en la que han sido enterrados los miembros de la realeza sueca; y un islote llamado Stromsborg.

La isla principal, mencionada como Stadsholmen o simplemente como Gamla, mantiene sus calles estrechas y adoquinadas, como los centros históricos de tantas ciudades europeas, y alberga el imponente Palacio Real, domicilio actual de la familia real sueca, con un cambio de guardia diario, en torno al mediodía, con banda de música militar incluida, que atrae a un buen número de turistas y del que aconsejo abstenerse, porque si no se acude con bastante antelación y se defiende con fiereza el puesto conseguido lo más probable es que no se vea nada. A escasa distancia se encuentra una de las plazas más bonitas e icónicas de la ciudad, Stotorget, que cuenta con una curiosa fuente y, sobre todo, está flanqueada por antiguos edificios de colores intensos cuyas fachadas constituyen una de las imágenes icónicas de Estocolmo.

En esa misma isla se encuentra la catedral barroca de la ciudad y unas viejas calles adoquinadas que la atraviesan, hoy propiedad de los turistas y con múltiples locales comerciales. De ellas vamos a destacar dos, Västerlanggatan y Kakbrinken. La primera sirvió de escenario para el plano inicial de la primera película de Ingmar Bergman en la que ejercía de guionista en solitario —y por lo tanto su primera obra de autor—, «Prisión» (1949), y en uno de sus extremos se encuentra la entrada a la calle más estrecha de la ciudad, la Marten Trötzigs Gränd, de apenas 90 centímetros de anchura. Y la segunda, Kakbrinken, por tener en una de sus esquinas una piedra rúnica, impresionante resto del pasado medieval de la ciudad. (Continuará).
Fotos: Inma Fernández

Julia García
Publicado a las 11:22h, 07 julioMuy bonita descripción de esa preciosa ciudad y las fotos muy buenas!!