La Grazia: las dudas del presidente

25 Abr La Grazia: las dudas del presidente

 

Paolo Sorrentino es, sin duda, uno de los grandes cineastas contemporáneos, con títulos deslumbrantes como «La gran belleza» (2013) y obras maestras como «Fue la mano de Dios» (2021). Sus películas nunca dejan indiferente, aunque no se termine de conectar con algunas de ellas. Me sucedió con «Parthenope» (2024) y, en menor medida, me ha vuelto a suceder con la película que ahora se estrena. Su planteamiento argumental, personajes y escenarios incluidos, es un pequeño campo de minas —un territorio que, por otra parte, parece gustarle al cineasta—, pues no solo nos presenta a un Papa negro, con algo parecido a las rastas en el pelo, que se desplaza en moto por los jardines del Vaticano, sino que su protagonista es el propio presidente de la República de Italia, que, además, tiene como influyente personaje de confianza a su propia hija, algo que daría lugar a todo tipo de suspicacias políticas, por no hablar de nepotismo puro y duro, aunque esto no parece importarle mucho al cineasta, que, de este modo, puede introducir con facilidad el conflicto familiar que le interesa para los fines de su relato, sin preocuparle las costuras que rompe.


Y en esto de «los fines del relato» es, precisamente, dónde veo algunos desequilibrios. Para hablarnos del dolor por la pérdida de la compañera de toda una vida, uno de los ejes profundos de la película —muy bien resuelto y con momentos de alto voltaje emocional—, no hacía (ninguna) falta que el personaje fuera el presidente de una nación, una condición que, sin embargo, le resulta muy útil para otro de los temas que plantea, el dilema moral ante decisiones de gran calado individual, los dos indultos que debe firmar, o social, la ley de eutanasia que también tiene para la firma. Esta segunda línea de reflexión, las dudas del personaje y la dificultad, o imposibilidad, de establecer una verdad que sea inmune a esas dudas, me resulta un tanto más irregular porque hay situaciones que pueden funcionar como meditación, pero que chirrían un poco en un plano realista: los razonamientos finales sobre el indulto concedido y el rechazado son, en el mejor de los casos (en el peor con cierta ambigüedad en la violencia de género), una maraña de reflexiones con dudoso sentido (lo mismo que los improbables, e inoportunos, encuentros del presidente y su consejera con los reclusos en cuestión); y un tema como la eutanasia que tantas resistencias genera —no hay más que recordar un reciente suceso con amplia cobertura mediática— casi aparece reducido al conflicto padre hija y a las propias dudas del católico protagonista, con el agravante de que el Papa apenas muestra su amable disconformidad en un par de intervenciones, cuando es un tema que pone en pie de guerra a la Iglesia Católica.


En cualquier caso dos (o más) temas (aún queda suelto algún otro que apenas se apunta, como la posible relación con la embajadora nórdica que va cesar en su cargo al mismo tiempo), el dolor por la muerte de su compañera —incluida, por si faltaba algo, ese infidelidad de la esposa que el protagonista nunca supo con quién había sido— y las dudas morales a la hora de tomar decisiones que trascienden al propio personaje, que caminan un poco por separado y nos proporcionan un film un punto irregular, con buenas escenas, algunas de un sugestivo calado mágico, como el paso de revista del anciano presidente de Portugal bajo la repentina tormenta, y otras un tanto más discutibles en función de todo lo que he apuntado hasta este momento. Pero, en cualquier caso, buen cine y con un siempre excelente Toni Servillo.

 

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