12 Abr Amarga Navidad: dolor entre la realidad y la ficción
En una de las escenas finales de la película, el cineasta, trasunto más o menos lejano del propio Almodóvar, se refiere a un aspecto de su obra con el término de «autoficción», un moderno concepto que, al menos en el universo literario, parece de moda por el número de obras que he visto reseñadas últimamente y que se refiere a la narración de experiencias propias, familiares en muchas ocasiones, con la ilusión de que esa verdad proporciona más realidad al relato. A mí me parece que ese planteamiento, además de evidenciar la carencia de imaginación de sus autores, es no entender la «realidad» que siempre crea la buena ficción, esa que consiste en decir la verdad contando mentiras.

Viene todo esto a cuento porque mencionan ese concepto en la película, aunque en este caso, y en todo el cine de Almodóvar, no estamos hablando en absoluto de autoficción, por mucho que el cineasta, como todos los autores, se inspire en experiencias propias, en el conocimiento del mundo que ha ido acumulando a lo largo de su vida, para construir sus relatos de ficción. Unas veces el espectador creerá rastrear esas vivencias con más convencimiento, la condición de cineastas de los dos protagonistas principales de la película, y en otras ni se enterará porque el hecho, el sentimiento o la emoción en cuestión pertenece al círculo más íntimo del autor.

Y esta relación entre la realidad y ficción, entre los personajes y los hechos imaginarios que cuenta y los personajes y los hechos que le han servido de inspiración inicial, es el conflicto principal que plantea esta película, con el dilema entre la libertad del artista para transformar en ficción su propia experiencia y el ocasional daño emocional que pueda causar en las personas concretas que hayan servido de fuente primera de inspiración. Un conflicto que quizás resulte evidente en la autoficción aludida al principio, pero que resulta complicado de trasladar a la simple ficción y que, en cualquier caso, el cineasta no consigue resolver a plena satisfacción, pues las escenas cumbre en las que ambos protagonistas, el cineasta que escribe el guión y la cineasta que lo protagoniza, se enfrentan a los agrios reproches que les hacen las personas de su círculo íntimo que se ven reflejadas en su historia, me resultan forzadas y su alcance dramático se ve mermado por esta presunta impostura.

La segunda línea que maneja la película, la del dolor, un tema recurrente en las últimas obras del cineasta, está mucho mejor resuelta, con una serie de situaciones límite de los personajes asociadas a la pérdida de seres queridos que el cineasta recrea en una serie de escenas que respiran verdad y sentimiento, todas ellas apoyadas en buenas y buenos intérpretes —mención especial para la gran Bárbara Lennie—, en ese impecable diseño de la escenografía marca de la casa y en esa utilización de la música, también marca de la casa, que tiene al cine del gran Douglas Sirk como referente último.

Almodóvar podrá gustar más o menos, pero nadie puede dudar de su condición de autor, algo de lo que pueden presumir pocos cineastas, y esta película constituye buena muestra de los atractivos y debilidades de su cine, en la medida que cada uno quiera considerar. En este caso, en la medida del que suscribe, claro está. Una estructura que ignora las reglas clásicas de la escritura del guion y que puede parecer libre o errática, a mí me provoca ambas sensaciones. Incluso puede desconectar al espectador por ese alejamiento del relato clásico, algunas compañeras del taller de cine que me acompañaron en la proyección manifestaron haberse movido demasiado en la butaca en ocasiones. Una querencia por bonitas canciones, Chavela Vargas en este caso, que incluye en el metraje con mayor o menor fortuna, sigo sin decidirme si, en este caso, era mayor o menor la fortuna. Unas escenas ejemplares, perfectamente escritas, como la de la habitación del hospital con Carmen Machí, que define eficazmente a los personajes sin forzar ni traicionar la propia situación y personajes; junto a otras, como el paseo inicial de los personajes que interpretan Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez Gijón, en las que la información que pretende transmitir el cineasta se impone a los personajes de tal modo que ni estos ni la situación resultan creíbles. Y por supuesto esa sensación de trabajar sin red que siempre transmite el cineasta, que a algunos les parecerá un signo de irritante autosuficiencia y a otros una expresión de la libertad creativa. Yo prefiero quedarme con lo segundo y, aunque la mayoría de sus películas no hayan terminado de convencerme (algunas sí que lo han hecho), creo que se trata de un cineasta y de una obra que cualquier aficionado debe conocer y valorar. Eso es lo que sucede con esta película.
Eva Maria Gasent
Publicado a las 18:04h, 12 abrilHas dado en el clavo Pedro llevo años atrapada en ese conflicto. Como contar tu historia o parte de ella, sin lastimar a los que te acompañaron en ella. Aunque también es cierto que hay historias que no sólo merecen ser contadas, si no que se deben contar.