30 Jul Sirat, trance en el desierto
Una buena película que está causando cierto revuelo entre los aficionados, mientras que otras de similares características de producción, mejores en mi opinión («Una quinta portuguesa», de Avelina Prat), pasan desapercibidas. Un misterio que me he encontrado muchas veces a lo largo del tiempo y que ya he renunciado a entender. El «revuelo» cinéfilo, al margen de disgustos por lo áspero del tema o por la insistencia en esa música “drum and bass”, llega principalmente a la hora de interpretar el film. Yo salí de la proyección con la sensación de que no había mucho que interpretar y la lectura posterior de una larga entrevista con el cineasta me lo confirmó.

Se trata de un grupo de marginados contraculturales que huyen de una sociedad que se agota, una sociedad que se encamina a su autodestrucción, y se refugian en interminables fiestas rave, encadenando una tras otra y adentrándose en el desierto en busca de esa última fiesta que la sociedad les niega. Esa es la reflexión o la emoción que anima al cineasta en este relato. Muy sencilla o muy simple, eso ya es opinable. Lo que me parece menos opinable, y no digo que no lo sea (faltaría más), son las licencias que se toma para transmitir ese sentimiento. La primera es esa afirmación de que estamos (justo) en el momento en que nuestro mundo se acaba (lo cual ya sería casualidad que coincidiera con el tiempo de vida de sus responsables), pero no hay más que mirar un poco atrás para ver que el mundo ha conocido muchos momentos en los que todo parecía que se iba a la mierda (incluso con bastante más motivo): el nazismo, nuestra guerra civil, nuestra inmediata posguerra… La segunda es concebir esos ambientes de las fiestas rave (Oliver Laxe los confesaba como parte de su juventud) como espacios de solidaridad y de libertad, de contracultura incluso. Yo no he estado en ninguna, pero no me lo creo… La tercera es ese recurso a lo apocalíptico, la Tercera Guerra Mundial, que siempre me ha parecido muy facilón y que nunca me ha gustado, pero eso puede ser cosa mía… La cuarta es plantear situaciones y escenarios un tanto reñidos con el verosímil, que, sin embargo, le vienen como anillo al dedo a la historia: el niño que el protagonista se lleva en ese peregrinaje extremo en busca de la hija desaparecida, pues cuesta creer que algún padre lo hiciera; o ese desierto minado en el que se resuelve la película, un espacio por el que no pasa nadie y no se sabe para qué lo han minado; incluso resulta bastante ingenua (interesadamente o no) la propia concepción de esa “familia” libre de conflictos y de armonía casi cósmica que forma el grupo de fanáticos del rave…

Y sin embargo es una buena película, incluso muy buena para algunos (y no se lo iba a discutir), porque cuenta muy bien lo que pretende. Lo narra de un modo extraordinario, solo al alcance de los que tienen un talento visual fuera de lo común. Un relato hipnótico, filmado en unas localizaciones impresionantes, muy atento a la realidad física de los personajes y la naturaleza, con unas imágenes deslumbrantes (banda sonora incluida), con una perfecta simbiosis entre los actores no profesionales y Sergi López (el único profesional de reparto)… Un film que te mantiene pegado al asiento, fascinado, emocionado, aterrado… Gran cine, en definitiva.

Ricardo Quintana
Publicado a las 09:45h, 20 septiembreAl final de su comentario el maestro Leffe, después de sacarle a esta película los mismos defectos que le saca servidor, nos dice: Y sin embargo es una buena película, incluso muy buena para algunos (y no se lo iba a discutir), porque cuenta muy bien lo que pretende.
Y tiene toda la razón, porque a ciertos espectadores, entre los que creo se encuentra el bueno de Leffe, posiblemente le pueda, en una reflexión final, el recuerdo de la calidad fílmica, la sensación de haber presenciado algo potente, visualmente impactante. No me encuentro en ese banquillo. Daniel Kahneman diferenciaba entre dos formas de pensamiento que coexisten en nuestros cerebros: una forma instantánea e intuitiva, puramente emocional, y otra que deviene de la reflexión posterior a las emociones. Mi cerebro me decía, mientras veía la película, que todo aquello era un monumental disparate sin sentido alguno. Repito que hago mío todo cuanto negativo del film ha escrito Leffe y hasta puedo añadir algo más. La calmada reflexión posterior no arregla mi impresión emocional; la confirma. Normalmente de las reflexiones posteriores nace la respuesta a la habitual pregunta ¿qué me han querido contar? ¿qué mensaje, fondo, intenciones, tiene esta película. En las películas con carga ideológica profunda, la forma la vamos apreciando conforme nos invaden las imágenes, así como descubrimos los fallos y/o aciertos en el guión, pero es en la soledad de la reflexión cuando pasamos la película por la batidora de la mente y es cuando nos preguntamos. En este caso el periodo de reflexión fue escaso, pues mucho antes de finalizar tuve clara mi lectura del filme. A falta de otra no facilitada por el autor, mi lectura fue y sigue siendo aterradora: esta película flota en la absoluta NADA.
Este chico sabe rodar, conoce lo que se trae entre manos, domina el oficio. Pero, en mi humilde criterio, ahí acaban las virtudes de este demencial film. Quien domina es el director mediante el abuso de una forma que acaba comiéndose al guionista, que es él mismo, y sepulta la historia en un desgarrador vacío. ¿Qué me quiere contar el gallego con esta película? Cualquier respuesta a la que llego me parece hueca. Quizás si recuerdo lo que escribí sobre Mimosas obtenga alguna respuesta, porque la historia se repite.
Teniendo en cuenta lo que el propio Laxe dijo sobre el concepto de la muerte en Mimosas ¿trata Sirât también de lo mismo, de la muerte? ¿O trata del fatum que lleva a la misma? ¿Estamos ante una película de tinte tan conservador que nos transmite el mensaje de que mejor no seamos osados (padre llevando al hijo a ese absurdo viaje; forzamiento al grupo seguidor del rave a cambiar su trayectoria) porque ello trae malas consecuencias? ¿Estamos ante una película de sesgo religioso, donde hay que entender la vida a partir de la muerte, máxime cuando el significado de Sirât es «camino», un delgado puente que une cielo e infierno que puede tragarnos en un sentido o en otro? ¿Se nos ha querido contar otro viaje espiritual capaz de cambiar a las personas? ¿O es el plano final del film el que nos alumbra al mostrarnos al género humano por unas vías de tren que conducen a ninguna parte? Vuelvo a decir lo mismo que dije en Mimosas: las ideas pueden estar muy claras sobre el papel pero luego hay que escribir el guión y no caer en dispersiones confusas. En este sentido Sirât es un batiburrillo.
No me ha gustado esta película exactamente por todos los motivos que Leffe ha señalado, a los que añado los ya expuestos míos propios. No comulgo con este discurso sea o no antisistema porque ni eso me ha quedado claro; no encuentro una sola frase en el guión que me haga reflexionar un mínimo (los diálogos, cuando los hay, son malísimos); no me interesan los personajes que inundan la pantalla, todos prácticamente iguales de planos, aunque diferenciados por alguna tara física (cojo, manco) o psíquica (vuelvo a recordar Mimosas). Por cierto, aún me estoy preguntando el pretendido simbolismo de esas taras. ¿Quiere decirme Laxe que son personajes que han sufrido como están sufriendo padre e hijo? No logro entender el mundo espiritual de Oliver Laxe pero es algo que tampoco me preocupa demasiado.