Unos días en el norte de España.

04 Jul Unos días en el norte de España.

 

Aviso que este es un viaje un poco desordenado, pero los espacios del norte de España que hemos visitado, un poco al azar, merecen ser conocidos y estas líneas pretenden, como siempre, ofrecer una pequeña guía personal de estos lugares. El primer destino, tras la llegada a Oviedo, ciudad a la que volvimos, fue un pueblo de Coruña que lleva el irrepetible nombre de Cariño y está situado en uno de los brazos de la primera ría del Cantábrico —el otro corresponde a Ortigueira—.


Nos alojamos en una de esas casas rurales con encanto llamada Muiño das Cañotas —si deciden instalarse allí les recomiendo que no le pidan al chef un Alvariño pues tiene algo personal con ellos y simplemente se dejen guiar por su buen olfato, a nosotros nos descubrió una denominación de blanco gallego que no conocíamos, el Monterrei— y para darle más «encanto» a la cosa nos encontramos en el comedor —nosotros, ella y nadie más— con Emma Suárez, una actriz por la que siento especial devoción desde «La ardilla roja» y que se encontraba grabando una serie para TVE en la que interpreta a una inspectora de policía.


Esa misma tarde visitamos el cabo situado en esa parte de la ría, el cabo Ortegal, una zona que se autodenomina «la comarca secreta» y que incluye otro espacio natural conocido como Garita de Herbeira que tiene los acantilados más altos de Europa a mar abierto (los fiordos noruegos los superan, pero están en el interior). El día lo completamos con una visita a San Andrés de Teixido, un pequeño pueblo prácticamente ocupado por puestos de souvenirs que está levantado en torno a una pequeña ermita en honor de este santo que, según me contaron y hablo de memoria, andaba celoso del protagonismo del apóstol Santiago y su famosa ruta y decidió edificar esta iglesia como punto de llegada de una ruta (santa) alternativa. Aún tuvimos tiempo de rematar con una parada en Cedeira un simpático pueblo costero con una bonita playa.


Al día siguiente pasamos al otro lado del estuario en busca del cabo Estaca de Bares, el punto más septentrional de toda la Península Ibérica. Un lugar especial al que llegamos con una niebla que, si bien nos impedía contemplar el horizonte, añadía un plus de fascinación al paisaje. El día lo completamos con la visita a tres pueblos de la costa: Barqueiro, O Vicedo, con una playa de aspecto tropical —aunque me temo que con el agua mucho más fría—, y especialmente Viveiro que cuenta con un bonito centro histórico.


Al día siguiente partimos en busca de nuestro segundo destino, Ribadeo, la localidad de Lugo que ejerce de frontera con Asturias, y allí volvimos a acertar con el alojamiento, Apartamentos Cine Colón, muy céntricos y, en realidad, un piso entero para nosotros. Por el camino hicimos un par de paradas, la primera en Burela y la segunda en Mondoñedo, de nuevo con un interesante centro histórico (aunque tuvimos la «desgracia» de llegar el día del mercadito ante la catedral). Y una vez en Ribadeo comprobamos que se trata de una ciudad muy agradable y cuidada con varios edificios «indianos» de llamativas fachadas, especialmente situados en la Rua San Roque.


Al día siguiente, todavía en Ribadeo, hicimos una pequeña caminata hasta el faro de la Isla Panxa, un paseo sencillo y agradable que recorre la bella costa gallega. Y por la tarde el plato fuerte, la Praia de As Catedrais… y digo por la tarde —las siete exactamente— porque hay que andar con ojo con las mareas, ya que si no llegas a la hora exacta la playa está inundada y no puedes transitarla a pie firme. Es la última y más conocida de una ruta denominada de las cinco playas, que recorrimos con alguna parada ocasional, y desde ella hay un corto paseo que avista otras calas marcadas por las formaciones rocosas, entre las que creí distinguir la que sirvió de localización para la primera escena de la magnífica película de Gonzalo Suárez «El detective y la muerte». La playa de las Catedrales es un espacio realmente único que debe resultar mágico visitarlo en soledad, algo imposible en la época en que estábamos, finales de junio, con bastante gente aunque sin llegar a la (restringida y controlada) masificación de los meses de julio y agosto. Y como despedida pulpo, marisco y vino blanco en un recomendable local de Ribadeo, el Villaronta, justo en una de las calles que dan a la plaza principal de la ciudad.


De vuelta a Oviedo visitamos el Museo de Bellas Artes de Asturias, que (como debe ser) alberga una amplia muestra de los pintores asturianos de todos los tiempos junto a algunos cuadros de reconocidos pintores, como un impresionante Dalí, algunos Sorolla, un par de Miró y también una conocida obra de nuestro Equipo Crónica.


Oviedo es una ciudad monumental llena de llamativas fachadas, con un centro histórico amplio, habitable, bien conservado y muy peatonalizado, con muchas esculturas en la calle, un reconocible Botero y, cómo no, para un cinéfilo como yo un tamaño natural de un apesadumbrado Woody Allen. Y como estamos en Asturias, la sidra es bebida obligada y el lugar más adecuado para degustarla —junto a las correspondientes raciones de pulpos, calamares, mejillones, etc.— es la calle Gascona, muy cerca de la Catedral, con varios restaurantes y una muchedumbre de camareros escanciando la sidra desde las alturas y dejando los suelos hechos unos zorros.


Es conveniente, casi diría obligado, realizar una visita a la iglesia prerrománica de Santa María del Naranco, que se encuentra a un par de kilómetros del centro, justo cuando termina el término municipal de la ciudad. Para ir hasta allí hay que tomar la línea A2, con parada frente a los jardines del Campo de San Francisco, en el centro de la ciudad, para bajar en «Prerrománico», y a la vuelta hay que coger la A1, que pasa a las hora en punto y te deja en el mismo sitio. Una construcción, fascinante por su antigüedad y por su belleza, en la que vale la pena contratar la breve visita guiada por tener la oportunidad de acceder a su interior y poder decir «yo estuve allí».


El último día lo destinamos a Palencia, una de esas ciudades ignoradas del turismo porque uno piensa que allí no hay nada, lo cual siempre es una solemne tontería porque en todas partes hay cosas y en Palencia, una ciudad pequeña y cómoda (también con muchas estatuas en las calles), hay una espléndida y larga Calle Mayor (peatonal) con bonitas fachadas a ambos lados de la misma. Al fondo el río Carrión, con un agradable paseo a su vera, y con otras dos paradas obligadas, la Plaza Mayor, sencilla y castellana, y la Catedral, que andaba en obras y a la que los folletos se refieren como «la belleza oculta». Una tercera y obligada parada, la de la buena mesa, también la tenemos asegurada en esta ciudad, nosotros la hicimos en un local llamado Pepe’s, muy céntrico y fácil de localizar con el Google Maps de nuestros móviles.

Fotos: Inma Fernández

2 Comments
  • Pilar Orti Mendoza
    Publicado a las 19:04h, 07 julio Responder

    Genial esta guía de viaje, me será muy útil. Muchas gracias por compartir!!!

  • Sandra
    Publicado a las 19:48h, 07 julio Responder

    Agradecida por la información, a ver si la puedo aprovechar pronto