Razas de gimnasio… matinales

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09 abr Razas de gimnasio… matinales

 

Desde hace un tiempo acudo regularmente al gimnasio por aquello de mantenerme con un mínimo de dignidad física en la edad provecta. Primero lo hice, preferentemente, en piscina y ahora con bastante más tiempo en sala. Una larga experiencia en un universo para mí desconocido hasta hace unos años que me ha permitido identificar, desde mi atalaya de la cinta (correr / andar), una serie de razas propias de este espacio, al menos en su versión matinal, que es la que frecuento en exclusiva, y que ahora, en interés de la ciencia, voy a compartir con todos ustedes…
El paseante: El tipo que deambula por la sala como si estuviera en el salón de su casa. Ocasionalmente realiza algún ejercicio en algún aparato, apenas unos estiramientos y sigue paseando por la sala como si se estuviera recuperando de algún esfuerzo sobrehumano. Es una especie inofensiva, como el pájaro bobo, pero tiene dos variantes más peligrosas.
La primera es el figurín, que es el mismo paseante pero con equipamiento de diseño. Su mayor peligro deriva de su necesidad de ocupar el mayor espacio visual posible con lo que te lo acabas encontrando en cualquiera de las direcciones que mires.
La variante más peligrosa es el conversador, una subespecie del paseante que, a su deambular característico, añade una incontinencia verbal que le hace saludar y conversar con todos los que andan por allí. Es una subespecie particularmente invasora, pues al principio parece que se limita a conversar con sus conocidos y crees que nunca te alcanzará. Error, acabará haciéndose con toda la sala, tú incluido.
El que ha pagado la máquina: Ésta es una raza fácilmente reconocible porque acostumbra a sentarse en uno de los aparatos y pasar el rato meditando allí, con alguna que obra breve y esporádica utilización del mismo, tras la que cae de nuevo en un prolongado sopor, sin moverse del aparato y sin dejar que nadie más lo utilice.
El machaca: Contra lo que pudiera pensarse, no se trata de una de las especies más abundantes en el gimnasio, al menos desde mi experiencia, pues pocos han sido los que he visto emplear todo su tiempo en un continuado y (dicen) saludable castigo corporal… en realidad pocas pues todas han sido mujeres, una de ellas particularmente extrema.
El metódico: El que siempre viene a la misma hora, hace lo mismo y se va a la misma hora, con tal precisión que, si un día, por lo que fuera, se la pasa unos minutos la hora, al siguiente te comenta que no vino porque, a causa de alguna ocupación, se le hicieron las diez y a esa hora para qué iba a ir…
El cooperante: Ésta es una especie más peligrosa de lo que su nombre parece indicar. Las ong, la cooperación internacional, los buenos sentimientos y todo eso… Se trata del que, aparentemente, pretende ayudar a todos con sus consejos: que si esa espalda no la pones lo suficientemente recta, que si el movimiento de los brazos no lo haces en noventa grados, que la cinta elíptica es muy buena para las piernas, que por qué no pones un poco más de peso, que por qué no te cuelgas de una barra y haces unas flexiones… Su insistencia y el estúpido orgullo de los humanos, cómo que yo no puedo hacer eso, pueden llegar a provocar dolorosas lesiones.
El inframundo del gimnasio, o sea los vestuarios, también desarrolla algunas razas interesantes que voy a relacionar (en este caso, y por razones obvias, exclusivamente en su versión masculina) y que seguro que muchos de ustedes reconocerán sin dificultad.
El desparramador: Esta especie se caracteriza porque va dejando sus cosas, la bolsa, el móvil, los calcetines sudados, la botella de líquido energético, el champú, la toalla de sala, la toalla de ducha, un bulto que no sabes lo que es… a lo largo del banco que hay junto a las taquillas, hasta ocuparlo casi por completo y no dejar sitio para nadie.
El vaporizador: Esta es una especie en franca expansión porque para muchos resulta de lo más tolerable. Se trata del que una vez duchado y seco, en consecuencia se supone que limpio, vaporiza su cuerpo con diversos espráis que alcanzan a los indefensos vecinos, algo que esta especie considera como un regalo que hace a sus semejantes pues pueden disfrutar de los excelentes aromas de su vaporizador sin haberlo pagado.
La última especie que vamos a contemplar es el guarro, el que se deja el frasco vacío del gel en la ducha, convencido de que la obligación de los que limpian los vestuarios es recoger sus desperdicios, para eso paga, y que la de sus compañeros de sala, que también pagan, es aguantarlos.
Estas son todas las especies que he podido identificar hasta el momento. Seguro que hay más y seguro, también, que yo pertenezco a alguna que no he catalogado porque no me observo y ya saben que esto de la ciencia consiste en el observador y el observado… Espero que nadie se moleste si se reconoce en alguna, están todas mencionadas de buen rollo… todas menos una: el guarro.

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