La Interpretación de Copenhague: un thriller cuántico

07 Mar La Interpretación de Copenhague: un thriller cuántico

 

Los proyectos de escritura surgen, muchas veces, de un pequeño fogonazo en las profundidades de la mente. El de esta novela que acabo de publicar, la sexta en mi lista y la tercera en solitario, esa llamarada fue la mecánica cuántica. Apenas había oído tres o cuatro cosas acerca de ella (en realidad no creo que pasaran de dos), pero estaba convencido de que esa desacreditación de la realidad intuitiva que plantea era fronteriza con lo que propone la ficción. Al menos la ficción que a mí me gusta. Pero era evidente que no podría escribir una sola línea si no contaba con un asesoramiento fiable y desinteresado. Eso es lo que me proporcionó mi amigo Jesús Navarro, físico teórico, que me explicó unos mínimos fundamentos de la mecánica cuántica y se comprometió a revisar los textos en los que me refiriera a ella. A la mecánica cuántica de verdad, no esas vulgarizaciones de uso corriente, lo de estar en dos sitios a la vez, la mariposa que provoca ciclones o ese principio de incertidumbre cuya formulación es mucho más prosaica que las evocaciones que propicia esa palabra…


La apuesta consistía en transmitir una mínima información acerca de la mecánica cuántica —esto de divulgar ciencia ya lo había hecho con mi amigo Daniel Ramón en tres novelas— y, especialmente, en aplicar, poéticamente por supuesto, algunos de esos principios cuánticos a las emociones de los personajes y a los movimientos de la trama. Un ejemplo, y no tiene relación directa con la novela: un hombre que estuvo locamente enamorado de una mujer (o viceversa), pero que tuvo que dejarla porque esta convertía su existencia en un peligroso carrusel (o viceversa), rehace su vida al lado de otra persona y está convencido de que ya no está enamorado de aquella. Pero un día se cruza con ella casualmente y aquel sentimiento amoroso reaparece en escena. Como sucede en el universo subatómico, ondas y partículas, esos dos sentimientos, la pasión y el olvido, convivían en el alma de ese hombre y dependía de las circunstancias de la «medición» para que se manifestara uno u otro.


La mecánica cuántica es importante en la novela, pero lógicamente no es lo fundamental —algún lector incluso me ha comentado, con bastante razón, que se trata de un McGuffin—, aunque aspiro a que esa mirada le proporcione cierta singularidad a la obra. Lo fundamental son la historia y los personajes. Las novelas que me gustan son las que cuentan una historia con muchas zonas oscuras, que se irán revelando o sorprendiendo al lector, y están protagonizadas por unos personajes que andan al límite y vislumbran una última oportunidad en una relación sentimental. Esa es la otra apuesta de esta novela: Un veterano y marginado periodista recibe, en su redacción de Madrid, la visita de un lunático que le alerta de un complot para desatar el caos cuántico en el mundo. La historia carece de sentido, pero ese hombre le proporciona una «prueba»: existen dos personas que acaban de morir entrelazadas cuánticamente, una en Copenhague y la otra en Jaca. Ambas han sido asesinadas con la misma arma y al mismo tiempo, a pesar de estar separadas por más de mil kilómetros. La segunda víctima es un poderoso magnate de la industria farmacéutica suiza que pasa alguna temporada en esa ciudad pirenaica porque su esposa es natural de allí. La comisaria al frente de la policía de Jaca se ocupa de este caso y reclama la colaboración de un policía de leyenda que acaban de enviarle desde Madrid, un inspector de la UDYCO que pretende purgar en ese exilio una culpa que nadie conoce y nadie le reclama. Ninguno de los dos cree en ese complot cuántico, ellos solo trabajan con certezas, aunque en la investigación no solo se enfrentarán a una trama todavía más siniestra, sino que descubrirán que nadie puede escapar para siempre de las incertidumbres del mundo subatómico.


La historia nos lleva de Jaca a Copenhague, pasando por Madrid, Dublín, Ginebra, París y la pequeña aldea de Sinués. He estado en todos estos lugares —una pulsión que tengo desde que comencé a escribir, aunque no acabo de saber si viajo para documentarme o si, por el contrario, escribo para tener una excusa para viajar, de nuevo esa dualidad cuántica onda / partícula, la respuesta depende de la medición— y el lector conforme avance en la historia irá reconociendo los espacios de la novela en las imágenes que acompañan esta entrada. Si quiere, el lector puede visitarlos también, allí es dónde sucede la historia. Los encontrará tal como los he descrito. Con una excepción, la comisaría de la Policía Nacional en Jaca, porque no me ha parecido correcto situar en su interior a unos personajes de ficción, los de esta historia, sustituyendo a los profesionales que trabajan allí diariamente. Por eso me he inventado una nueva comisaría de la Policía Nacional, a escasa distancia de su ubicación real, pero en otro lugar.


Una historia que comienza así: «En 1927, el físico danés Niels Bohr estableció que el mundo microscópico es incognoscible directamente y solo lo podemos conocer a través de sus interacciones con nuestros aparatos, de sus manifestaciones en el mundo macroscópico. No podemos saber dónde está un electrón hasta que se mide su posición, solo aparece en ese instante. Entre una medición y otra no tiene sentido preguntar cómo se mueve ni dónde está. No podemos saber lo que hace un fotón durante su viaje entre el punto de salida y el punto en que es registrado. Se podría decir que estos objetos cuánticos no existen, es el acto de medición el que los convierte en objetos reales, el que fija sus propiedades: medidos como una onda, aparecerán como tal; medidos como una partícula, tomarán ese aspecto. Todas las certezas de la física clásica desaparecen en la física cuántica, el mundo subatómico es radicalmente aleatorio. A partir de una conferencia del físico alemán Werner Heisenberg en 1956, a esta manera de entender las propiedades de los sistemas cuánticos se la conoce como la Interpretación de Copenhague. Los personajes de esta historia pertenecen, claro está, al mundo macroscópico y, como tales, creen gozar de las certezas que les proporciona la física clásica. Pero todos ellos, tanto los que continuarán vivos como los que acabarán muertos, están equivocados. No saben que nadie puede escapar para siempre de las incertidumbres del mundo subatómico».

Fotos: Inma Fernández

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