23 Ene Un rodaje legendario
Hace unas semanas me refería otra película de Richard Linklater que se acababa de estrenar, «Blue Moon», que recreaba la figura de otra leyenda del espectáculo, Lorenz Hart, un letrista en los musicales de Broadway de los años veinte y treinta, y confesaba mi reconocimiento a este cineasta que, en ocasiones, trabaja en las fronteras de Hollywood y es capaz de ofrecernos, junto a obras de indudable vocación comercial —como la trilogía «Antes del amanecer / atardecer / anochecer», dentro de un cine de calidad; o productos bastante menos exigentes como «Escuela de rock» o «Una pandilla de pelotas»—, algunos títulos plenos de riesgo que buscan nuevas miradas, como la película citada, la peculiar animación de «A scanner darkly» (2006) o la sorprendente «Boyhood» (2014), rodada en unos cuarenta días distribuidos a lo largo de más de diez años.

La película que ahora comentamos pertenece a esta apuesta de trabajar sin red, un relato planteado desde unas posiciones que el propio cineasta ya había ensayado en «Me and Orson Welles» (2008), que estaba protagonizada por un chico que, a finales de los años treinta, entra a trabajar en el montaje de la obra «Julio Cesar» a cargo del mítico Mercury Theatre y con dirección de un joven Orson Welles. Algo muy parecido sucede en «Nouvelle vague», que está concebida como una especie de making off en tiempo real de la producción y el rodaje de la legendaria película de Jean Luc Godard «À bout de souffle» (1960) que, sin embargo, está realizado muchos años más tarde de cuando sucedieron los hechos. Así deja constancia en el plano inicial con el título del film, en el que al pie a la derecha podemos leer «copyright 1959», pues el film de Godard se rodó entre agosto y septiembre de ese año, anunciado que la película se va a rodar en aquellos momentos, con el mismo formato de 4:3, el mismo blanco y negro, los mismos personajes que estuvieron por allí (todos ellos presentados al espectador en su primera aparición) y los mismos escenarios que, entonces, habitaron Jean Luc Godard, Jean Seberg y Jean Paul Belmondo. Una propuesta sencillamente genial.

«À bout de souffle», el primer largometraje de Godard y sin duda el título más rompedor de la nouvelle vague, es una película mágica —te atrapa cuando la ves, te eleva sobre la realidad y te transporta a un universo que no eres capaz de definir— que, sin embargo, se asienta sobre un pavimento en apariencia contradictorio y, en realidad, simplemente complejo: propone una radical ruptura narrativa con el cine clásico, al tiempo que manifiesta su admiración por autores de ese mismo cine, como Sam Fuller o Nicholas Ray, incluso citando expresamente uno de los diálogos de «On a lonely place»; rompe, pues, con el cinema de qualité francés, con el cine llamado literario, y en cambio inunda su relato de citas literarias o fílmicas, algunas creo que textuales, como la citada del film de Nicholas Ray, y otras pienso que creadas por el propio Godard aludiendo a autores o corrientes del pensamiento.

Ese «misterio» es el que explora esta película que nos revela un sinfín de circunstancias de la producción y el rodaje de la película de Godard, algunas conocidas y muchas que no conocía (confío en el trabajo de documentación y me las creo), que siguen validando la hipótesis del milagro que constituye la existencia de aquella película: las escenas sin diálogo pendientes del doblaje posterior, los artefactos con los que se rodaron los travellings, el errático plan de rodaje, los fallos de raccord que el cineasta prohibía enmendar, la improvisación de muchas escenas (fantástica la escena del mítico gesto final de Jean Seberg, aunque, si lo que cuenta es cierto, hubiera resultado un desastre que le tomara la cartera a su compañero agonizante), el rodaje en escenarios físicamente imposibles que condicionaban el tiro de los planos (la larga escena en la minúscula habitación), la cámara oculta, o no tan oculta, con la que se rodaron muchos exteriores… Todo orquestado, o casi porque hay cosas que parecen proceder de un afortunado azar, por el genio de un cineasta que, a diferencia de sus compañeros de movimiento, se mantuvo fiel a sus convicciones artísticas el resto de su vida —al modo de otros (contados) incorruptibles, como los underground USA Jonas Mekas y Stan Brackhage—, en una carrera muy coherente con la que, tengo que confesar, no conecto, en absoluto, a partir de su etapa «china» en el 68.

Tras esa minuciosa reconstrucción homenaje al film de Godard, late una lectura profunda acerca de un proceso de creación extremo que pretende escribir con un lenguaje propio rompiendo y sin romper con toda la herencia del pasado. Parece un contrasentido, pero «À bout de souffle» es eso y Linkater lo entiende y lo ama profundamente. La película nos regala momentos inolvidables, como ese contraplano de la carrera final de Belmondo / Poiccard que siempre hemos querido ver o las declaraciones / instrucciones de Godard a sus atónitas montadoras que, con motivo de la escena inicial de la huida en el coche robado, le advierten que quedará entrecortado, abrupto… formidable, remata Godard: «Cada escena se queda, pero solo en sus momentos fuertes, mis momentos fuertes. Vamos a tomar cada secuencia y cortar lo que se deba cortar para crear un nuevo ritmo…». Mención especial para el trabajo de Guillaume Marbeck en la piel del cineasta, asombroso, y muy destacable también la presencia de Zoey Deutch y Aubry Dullin, especialmente la primera, aunque el recuerdo de Jean Seberg y Belmondo es una meta inalcanzable.

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