Frankenstein, de Guillermo del Toro: la Criatura y su Creador

30 Nov Frankenstein, de Guillermo del Toro: la Criatura y su Creador

 

La legendaria y fantástica novela de Mary Shelley (publicada en 1818) ha sido visitada en diversas ocasiones por el cine, la más famosa de ellas y también, prácticamente, la primera (hay unas pocas adaptaciones dentro del mudo de escasa relevancia, algunas desaparecidas), es la de James Whale en 1931, muy alejada del original —apenas comparte que un doctor da vida una criatura generada con pedazos de cadáveres—, que creó una iconografía eléctrica que tampoco aparece en la novela (la creación apenas se resuelve con una sucinta expresión de infundir una chispa de vida a la materia inerte), un delirio de tormentas, relámpagos, rayos, voltios, cables y centellas que Guillermo del Toro rescata y multiplica (los tiempos disponen de más medios técnicos) en esta versión.


La novela consta de un prólogo y un epílogo situados en el Ártico, hasta donde han llegado la Criatura, huyendo de los hombres, y el propio doctor Frankenstein, que la persigue con la intención de destruirla, y dos partes centrales, la primera narrada desde el punto de vista del mencionado científico y la segunda desde el de la Criatura. Una estructura que, según recuerdo, ya estaba presente en la fallida versión que realizó Kenneth Branagh en 1994, con Robert de Niro «dando vida» a la Criatura, y que repite en esta de Guillermo del Toro, aunque, según me advierte un buen amigo y lector (tengo la novela demasiado lejana en la memoria para descender a ese detalle), la fidelidad al original casi termina ahí, ya que el contenido de esos bloques, en lo referido a las identidades morales de sus personajes e incluso algunos de los hechos que refiere, se aleja bastante del original de Mary Shelley, especialmente en la parte narrada desde el punto de vista de Victor Frankenstein.


Precisamente, esta es la parte más floja de la película, con un par de triángulos (uno, padre / madre / hijo y el otro, con los dos hermanos y la novia de uno de ellos) demasiados manidos en la ficción, vulgares incluso, aunque el cineasta pretenda anticipar en esas (terribles) relaciones entre el niño Frankenstein y su despiadado progenitor la crisis entre el Creador (el padre) y su Criatura (el hijo) que, con la dimensión cósmica que finalmente adquiere el relato (la divinidad y sus criaturas humanas), constituye el aliento profundo de esta película. Mucho más afortunada me parece, en cambio, la parte narrada por la Criatura, un relato de paria rechazado por la sociedad que avanza con impulso de tragedia y con un paulatino reconocimiento de la Criatura de su propia identidad que está pleno de sugestivas resonancias filosóficas.


Abriendo y cerrando ambos bloques se encuentran las espectaculares escenas rodadas en el Ártico, con una Criatura exhibiendo unos (inmortales) poderes de súper héroe —llega a desplazar un barco que ha quedado atrapado en el hielo—, que funcionan en una clave mítica o legendaria —no hay justificación realista para que Criatura y Creador lleguen, huyendo y persiguiendo, hasta los confines de la Tierra—, que dota al conjunto del relato de ese aliento sobrenatural que precisa, tanto por lo que narra como por las lecturas y reflexiones que propicia acerca de unos temas tan universales como trascendentes e inaprensibles.


La película exhibe la habitual desmesura del cineasta —una seña de identidad que comparte con otro de los grandes, Federico Fellini—, su reconocida capacidad de añadir emociones y significados con sus decorados, maquillajes, vestuarios y demás recursos de la puesta en escena, planificación incluida, una herramienta que, en algunas ocasiones, se vuelve en su contra cuando pretende resaltar conceptos e ideas que no son más que simplezas —ocurre en ocasiones en la parte narrada por el obsesivo científico—, pero que en conjunto funciona a pleno rendimiento dentro de los ambiciosos planteamientos del cineasta a la hora de enfrentarse a uno de los grandes mitos de la literatura universal.

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