29 Sep El cautivo, de Alejandro Amenábar
En la primera salida al cine de este curso, los compañeros del Taller de Historia del Cine de L’Eliana fuimos a ver la última película de Alejandro Amenábar, «El cautivo», en general bastante mal recibida por la crítica. No sucedió así con nuestro grupo, ya que a la mayoría les gustó y el argumento más generalizado es que les había resultado entretenida. En nuestro primer taller del curso, dedicado al gran Billy Wilder, vimos unas declaraciones del cineasta en las que situaba la capacidad de entretener como la principal exigencia de su cine. Así que nada que objetar a ese argumento, es la piedra sobre la que se puede construir todo lo demás, la capacidad de emocionar, de sobrecoger, de revelarnos realidades desconocidas o de hacernos pensar. Pero sin entretenimiento —entendido como la capacidad de captar nuestra atención— no hay nada. El problema es que el argumento contrario es me ha aburrido y ahí se acabaría toda la conversación. A mí hubo ratos, no todos y tampoco la mayoría, en que la película me aburrió, pero como esta entrada se quedaría muy corta si aquí terminara todo, pues tengo que continuar argumentando…

Hubo momentos en los que desconectaba emocionalmente de la película y no porque fuera lenta —un concepto que no me gusta y que trato de no usar—, sino porque me hacía trampas, me volvía a contar lo mismo o me contaba simplezas. Comenzando por la dudosa utilización del personaje de Cervantes —una buena amiga presente en la proyección y especialista en ese periodo de la historia de España me advirtió que no se correspondía con lo que se sabe del personaje— y por el universo exclusivamente homosexual (masculino, las mujeres andan prácticamente desaparecidas) en el que construye toda la historia. No son lo más importante, incluso los puedo aceptar, pero me ponen un poco en alerta. Podría haber contado la misma historia con un personaje de ficción, claro que hubiera tenido menos gancho cara al espectador y a la taquilla —no hay que ser inocentes en esto, la industria no lo es—, y no me termino de creer ese universo musulmán homosexual, puede que la tolerancia fuera el signo de la época medieval, no lo sé (en la actualidad es delito en el mejor de los casos y los cuelgan de una grúa en el peor), pero no me resulta verosímil cómo me lo cuenta. Pero repito, no es lo más importante.

La cosa se pone peor cuando el cineasta recurre a la caricatura para el personaje del «malo» de la historia, el cura del Santo Oficio que interpreta Fernando Tejero, que además de ser martillo de herejes y quemar a las brujas, es cobardica, quiere entregar a otros para que los empalen y así salvarse él, delata a sus compinches y es homosexual reprimido que arremete contra sus compañeros de identidad sexual. Con ser del Santo Oficio era suficiente para acreditar la maldad del personaje y cualquier hipotético rasgo positivo de su carácter solo hubiera hecho crecer su peligro, es humano pero comete atrocidades. Añadir maldades en la ficción no suma sino resta, porque cada una de ellas resulta menos grave y el personaje va perdiendo realidad y aproximándose al monigote de serial. Y eso está bien para Fantomas o Fu-Manchú, pero no para una película seria.

Una película seria que, además, repite dos veces el mismo mecanismo, los cautivos se van a fugar y alguien les delata. Como ya lo he visto, la segunda vez el mecanismo me aburre un poco, por seguir con el argumento del principio. Y que, además, me hace trampas flagrantes. En una de las escenas finales uno de los cautivos que simplemente ha tratado de cruzar la puerta de la fortaleza, es apresado, le cortan una oreja y lo degüellan. Sin embargo, mucho antes, un grupo no solo se ha escapado sino que ha andado escondido más de un mes, pero cuando los apresan solo quieren ejecutar al inductor de todo aquello y los demás de rositas. Al guionista, que es el propio Amenábar, le viene muy bien porque así monta todas las escenas que siguen, pero eso es mentira, nos está tomando el pelo a los espectadores y yo me desconecto de la historia, no me la creo y me aburro. Y por terminar los reproches, lo de la caracterización de la pareja de emisarios que llegan al rescate de algunos cautivos como el caballero de la Mancha y su escudero es de un vulgar que tira de espaldas. Lo mismo que la escena con nuestro héroe colgando de la soga y salvado en el último minuto, recursos muy vulgares, de parvulario del guionista.

Y con todo esto el lector se pensará que abomino de la película. Se equivoca, me parece un producto muy digno industrialmente en el que hubo muchos momentos y escenas que me atraparon y que los disfruté, especialmente todo lo referido a las historias que cuenta el protagonista, el efecto que tienen en sus relaciones con los demás, compañeros y carceleros, y las correspondencias entre la realidad y la ficción. Unos momentos estupendos que componen, en mi opinión, una película irregular que conviene conocer y que sigue afirmando la buena salud industrial del cine español y la capacidad de Amenábar para trabajar con dignidad dentro de estos parámetros. Lo cual no es poco, todo lo contrario, es más que suficiente en las carteleras que corren.
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