1.200 kilómetros por Bretaña en una semana (II)

25 Sep 1.200 kilómetros por Bretaña en una semana (II)

 

El jueves 11 tocaba cambio de destino, las dos noches siguientes las íbamos a pasar en Quimper, y en el camino nos detuvimos brevemente en Ploemeur y en la playa de Larmor, desde la que se puede ver la isla de Croix. Abandonamos el departamento de Morbihan y entramos en el de Finistère para llegar a Pont-Aven, una ciudad famosa por albergar diversos estudios y pequeñas galerías de pintura en la que encontramos una intensa actividad turística que tenía su reflejo en las ofertas y precios de las tiendas de todo tipo que ocupan sus calles. Una cajita metálica de galletas, con una pintura de Gaugin en la cubierta, muy mona, pero muy pequeña, cabrían cuatro o cinco galletas, costaba 7 euros.


La siguiente parada tuvo mucho que ver con la pasión de mi compañera de viaje —y de vida— con las novelas de Jean Luc Banalec, ya que su protagonista, el comisario Dupin, vivía en esa ciudad, Concarneau, en la que, de nuevo, nos encontramos con una fortaleza del siglo XIV que en su tiempo albergaba la ciudad medieval y que ahora también se había reconvertido en zoco turístico con restauración y venta de galletas, conservas y artículos de cuero. Y de allí llegamos al segundo de nuestros destinos Quimper, una fantástica ciudad, bretona hasta la médula, que cuenta con una catedral descomunal y un coqueto centro histórico a sus espaldas en el que resulta muy fácil orientarse.


El viernes 12 comenzamos nuestra excursión con una parada en Audierne —creo que el motivo fue que nuestro comisario Dupin también resolvió algún caso en esa localidad—, otro pequeño puerto pesquero con muchas embarcaciones en su interior, la mayoría de uso recreativo. Desde allí sale el ferry que va a la isla de Sein, una travesía de hora y media que no hicimos porque el tiempo de nuestro viaje daba para lo que daba. Y de allí a uno de nuestros destinos estrella del viaje, la Pointe du Raz, naturaleza en estado puro, con faros situados en el propio mar y un paseo de algo más de una hora (ida y vuelta) bordeando el bravo mar Atlántico. Todavía nos encontramos con una buena fila de peregrinos de la naturaleza recorriéndolo, a pesar de ser mediados de septiembre, con lo que no quiero ni pensar lo que debe ser aquello en pleno mes de agosto, aunque según tengo entendido el acceso está restringido a un determinado número de visitantes.


El siguiente destino fue Douarnenez, otro pequeño puerto pesquero en el que, lo mismo que nos había sucedido en los puertos anteriores, pudimos observar el alcance de las mareas en la costa bretona, pues la mayoría de las embarcaciones estaban posadas sobre la arena. La última parada del día fue en otro de esos puntos obligados de cualquier viaje por Bretaña, Locronan, una especie de pequeño pueblo museo en el que todo continúa como hace centenares de años. Se acostumbra a decir que cobran por entrar, lo cual no acaba de ser del todo exacto, ya que lo que sucede es que no se puede entrar con coche y resulta obligado dejar el vehículo en el aparcamiento de pago que hay a la entrada. Otra leyenda es que se tiene que comprar un pase para todo el año, aunque solo vayas a estar unas horas, y esto es directamente falso, ya que si, efectivamente, hay un pase que permite aparcar todo el año, con su correspondiente precio, también hay un ticket diario al precio de 5 euros.


Imposible perderse este Locronan y muy conveniente bajar por la rue Molan hasta la pequeña capilla de Nôtre Dame de Bonne Nouvelle, aunque después, para volver a subir hasta el pueblo, haya que dejarse el resuello. Para recuperarlo, una vez de regreso en Quimper, nos regalamos la gran cena del viaje en Le Bar Iodé (está junto al mercado), donde entramos en contacto con el Muscadet, un vino blanco asociado a la región vinícola del Loira que nos encantó.


El sábado 13 partimos hacia nuestra última escala antes de regresar a Nantes, la localidad de Perros Guirec, e hicimos una breve parada en Morlaix, una ciudad que conocía por la reciente película de Jaime Rosales con ese título y en la que resultó imposible aparcar (tampoco parecía que ofreciera muchos alicientes), así que nos conformamos con contemplar desde una media distancia el viaducto que une sus dos extremos. Siguiendo el camino pasamos junto a una extensa playa que concluía en un pueblo cuyo nombre, St. Michel en Grève, sorprende al visitante con ciertos conocimientos de la lengua francesa, pues es como si este santo se hubiera puesto en huelga, aunque un posterior buceo en el diccionario nos reveló un segundo sentido de la palabra «grève», arenal, mucho más ajustado a las características del lugar.


En Perros Guirec, una localidad encantadora, nos encontramos con el mejor hotel de todo el recorrido, el Hotel Perros, donde tuvieron la amabilidad de adjudicarnos una habitación de superior categoría, la 19, situada en el altillo del establecimiento y a la que se accedía a través de una empinada escalera con trazas de caracol. Valía la pena subirla, la habitación, con sus rastros de buhardilla, un sueño.


Y esa misma tarde fuimos a la localización estrella de la zona, la Côte de Granit Rose, unas vistosas formaciones en granito rojo que recorren su costa y que resultan especialmente llamativas en Ploumanach. Todavía nos dio tiempo de bajar al puerto de Perros Guirec, anunciado a 10 minutos caminando (cuesta abajo) de nuestro hotel, aunque el que lo midió caminaba bastante más ligero que yo. El puerto, uno más, acaban resultando un poco clónicos los puertos de esta parte de Bretaña, y el regreso, cuesta arriba, de nuevo en pugna con el resuello. Para recuperarnos, una cenita a base de galettes y otra botellita de Muscadet.


Y, finalmente, el domingo 14, de vuelta a Nantes para pasar las dos últimas noches. Una ciudad estupenda a la que no descartamos volver en alguna que otra escapadita. Resulta, además muy fácil orientarse, pues la gran avenida Franklin Roosvelt la cruza de punta a punta, uniendo la Gare du Nord con la Gare Maritime. Nosotros además nos alojamos en un Apartahotel sin grandes pretensiones, pero muy bien situado, a la entrada de la rue des Petites Ecuries, a pocos metros de la Catedral de St. Pierre, en obras en esos momentos, y del Palacio de los Duques de Bretaña, un impresionante edificio que nos propone dos recorridos, uno por las almenas y otro por el foso, en esta ocasión en compañía de un trío de ovejas reconvertidas en jardineros ecológicos.


Nos encontrábamos, además, a unos pasos de la Place Bouffey, verdadera puerta de entrada a todas las calles y callejuelas de la antigua judería, con una singular estatua en su centro titulada Éloge du pas de côté, con un hombre que tiene uno de sus pies suspendido lateralmente en el vacío, una alegoría de apartarse a un lado que algunos deberían tener en cuenta y no me refiero solo a los políticos que, por supuesto, también.


Lugares de interés para el visitante son el Museo Jules Verne, un edificio de reducidas dimensiones, y la instalación permanente que lleva por título «Memorial de l’Abolition de l’Esclavage» —Nantes tiene una larga tradición en el tráfico de esclavos y muchos de sus principales ciudadanos hicieron fortuna con este abominable negocio—, que se encuentra en un semisótano junto al río, simulando la bodega de un barco en el que eran trasladados los esclavos.


Este último día la completamos visitando l’Ile de Nantes, una isla situada entre dos brazos del Loire, en la que se encuentra un singular ejemplo de la arquitectura brutalista y un gigantesco elefante articulado, principal atracción de un pequeño parque dedicado a maquinarias extravagantes, que nos costó un poco encontrar y que se encontraba en reposo cuando finalmente dimos con él.


Pero la estancia en Nantes, la ciudad de Jacques Demy, tenía para mí un componente cinéfilo, más o menos friki, que no podía ignorar, así que además de acercarnos a la Mediatheque que lleva su nombre, cerrada en esos momentos, visitamos dos localizaciones míticas: el increíble Passage Pommeraye, en el que se rodaron algunas escenas de la inolvidable «Lola» (1961); y la rue Roi Albert, escenario de la secuencia inicial de «Une chambre en ville» (1982), con el enfrentamiento cantado (de cantar) entre los huelguistas y la policía. Volveremos.
Fotos: Inma Fernández

1Comment
  • María José
    Publicado a las 13:14h, 25 septiembre Responder

    Además de las ganas de viajar, y seguir vuestros pasos tan bien narrados., (qué placer leerte, querido Pedro) estoy ahí, en paseos y paisajes. También agradezco mucho a “tu compañera de viaje y de vida” que señale a Banalec (al que no he leído) y al que también tengo ganas de recorrer. Es otro viaje. Un abrazo.

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