1.200 kilómetros por Bretaña en una semana (I)

23 Sep 1.200 kilómetros por Bretaña en una semana (I)

 

Valencia ha sido el punto de partida de nuestro viaje por la Bretaña francesa, especialmente en dos de sus cuatro departamentos (históricamente había un quinto, Loire Atlantique, que incluye la ciudad de Nantes, que ha sido segregado administrativamente, aunque hay un movimiento social que pretende reintegrarlo), Morbihan y Finistère, o sea, la Baja Bretaña, con más influencia de la cultura celta y cierta pervivencia de la lengua bretona.


El martes 9 de septiembre alquilamos un coche en el aeropuerto de Nantes (uno de los escasos vuelos directos que hay desde Valencia) e iniciamos el camino hacia nuestro primer destino, Vannes. Francia es el país de las rotondas y la Bretaña no es la excepción, así que, mientras no circuláramos por autovías, era difícil recorrer más de un kilómetro sin atravesar una de ellas.


En el camino hicimos dos paradas, la primera en Guerande, una pequeña localidad con una fortaleza que albergaba la ciudad antigua y cuyo recinto amurallado se ha convertido en un centro turístico con una gran oferta comercial. Allí nos tomamos, para aguantar hasta la noche, un par de «éclairs», una versión del palo catalán de nuestra infancia que se sirve con crema de dos sabores, café y chocolate. El dulce tradicional bretón, el «kouign amman», tarta de mantequilla en su traducción, también andaba por allí, aunque aún tardaríamos unos días en probarlo. Se trata de una tarta elaborada con trigo, mantequilla y azúcar, aunque la proporción de estos dos últimos ingredientes es superior a la del primero de ellos. Sobre su origen circulan diversas leyendas que, de una manera u otra, aluden a la escasez de harina en un determinado momento.


La segunda parada fue en otra pequeña ciudad, La Roche Bernard, con una pequeña plaza llena de encanto, esta vez siguiendo un poco la huella de una pareja amiga que había estado antes que nosotros y que se había alojado en un bonito hotelito que lleva por nombre Les Deux Magots. Y de allí al que iba a ser nuestro centro de operaciones durante dos días, la ciudad de Vannes, y el comienzo del calvario para el conductor oxidado de aparcar en una ciudad desconocida, aunque de todas estas aventuras salimos indemnes.


Vannes es una ciudad mediana muy agradable, primer contacto contundente con esa arquitectura medieval francesa de piedra y vigas de madera en las fachadas tan presente en Bretaña, cuyo centro histórico está situado entre dos puertas de entrada y tiene una geografía bastante intrincada en la que no nos resultaba fácil orientarnos.


Nuestra primera cena ya se acogió a nuestras leyes viajeras, vamos a comer y beber las cosas del lugar que estamos visitando, ya que eso forma parte de su geografía. Así que unas «galettes», una especie de empanada de masa muy fina elaborada con harina de trigo sarraceno, también conocido como trigo negro, aunque en realidad no es trigo, ni siquiera un cereal, y con rellenos diversos —no hay que confundir con las «crêpes», ya que, ademas de servirse extendidas, su masa está hecha con harina de trigo, leche y huevo, y al menos en las localidades en las que estuvimos eran más frecuentes las dulces que las saladas— y una jarra de sidra brut de la zona (en realidad fueron dos jarras) servida a través de un grifo.


El protagonista del siguiente día, el miércoles 10, fue el golfo de Morbihan (significa «pequeña mar» en bretón), aunque el verdadero protagonista debería haber sido la jornada de lucha que estaba convocada contra las medidas de austeridad del primer ministro François Bayrou, si bien, tras haber perdido la moción de confianza que había presentado en la Asamblea francesa, estas habían pasado a mejor vida y las protestas habían perdido parte de su fundamento. No para todos porque se mantuvieron en Francia y nosotros fuimos testigos de un modesto reflejo de ellas, pues a la salida de Vannes, mientras conducíamos detrás de una furgoneta de la policía, nos cruzamos con un curioso trío formado por dos jóvenes, que no parecían haberse acostado todavía, seguidos por una mujer mayor con ecos del 68 que agitaron furiosos sus puños contra el vehículo policial como si sus ocupantes fueran responsables de las ya decaídas medidas de austeridad del defenestrado ministro.


Este día ya nos encontramos con un clima que iba a acompañarnos durante todo el viaje, una temperatura excelente (yo la firmo para todo el año) y frecuentes episodios de lluvia seguidos de largos intervalos de cielos nublados o descubiertos. Es como si alguien decidiera regar de vez en cuando y así está de verde la región, como bien pudimos ver en nuestros desplazamientos, pues aunque nuestro destino preferente era la costa recorrimos en coche muchos paisajes de su interior.


Nuestro primer recorrido del golfo de Morbihan llegó hasta su extremo, los pueblos de Arzon y Kenners, y luego media vuelta, deshacer el camino hecho, para llegar hasta la península de Quiberon, regresando por la conocida como la Côte Sauvage, impresionante, para llegar hasta Carnac, una ciudad con un largo y espléndido Boulevard de la Plage. Allí hicmos una parada para comer y siguiendo con nuestras leyes viajeras tuvimos nuestro primer contacto las «moules frites», o sea clóchinas —más pequeñas incluso que nuestros ejemplares valencianos— con patatas fritas, de nuevo regadas con la sidra brut del lugar.


Pero Carnac es especialmente conocida por sus impresionantes alineamientos de menhires —un buen amigo me comentaba que los consideraba una de las maravillas del mundo y no podía estar más acertado—, con varios emplazamientos en la zona. Nosotros estuvimos en los de Petit Ménec y Erdeven, toda una experiencia estar al lado de estas piedras que fueron levantadas en los albores de la humanidad. (Continuará)
Fotos: Inma Fernández

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