El año del descubrimiento

11 Mar El año del descubrimiento

 

El 3 de febrero de 1992, tras varias semanas de revueltas y protestas obreras derivadas de las consecuencias en la ciudad de Cartagena de las políticas de reconversión industrial del gobierno de Felipe González, el Parlamento Regional de Murcia fue incendiado por los manifestantes después de que la tensa situación soportada durante tanto tiempo hubiera estallado ese día en diversos y violentos enfrentamientos con las unidades de la policía destacadas en la ciudad. Era el año de las Olimpíadas de Barcelona, la Expo de Sevilla y del Tratado de Maastricht… o lo que es lo mismo el año en que España se integraba definitivamente en Europa exhibiendo sus mejores plumas de país moderno. «El año del descubrimiento», un excelente documental, trata de escarbar en esa superficie y leer en esos hechos un cambio de modelo social y productivo que prolonga sus efectos en la actualidad.


Lo primero que hay que apuntar es que «El año del descubrimiento» es un trabajo extremadamente singular, comenzando por un metraje, 200 minutos, fuera de toda lógica de exhibición en salas y continuando por una serie de decisiones narrativas y de producción que tampoco encuentran fácil acomodo en los usos habituales de la industria: la utilización casi constante de una pantalla (panorámica) dividida en dos mitades —muchas veces ejerciendo una de ellas como fuera de campo de la otra y otras como efecto de montaje puro y duro— y la (muy sorprendente) elección para su grabación de un formato de vídeo analógico (Hi8) posteriormente transferido a digital para su edición y distribución.


Todo ello posee, no obstante, una ajustada función narrativa que, en cierto modo, ya nos anticipa el sueño que, en la primera escena de la película, relata el personaje interpretado por el guionista de la película, Raúl Liarte (uno de los muy escasos momentos de ficción del documental, pues, según cuenta el propio director, Luis López Carrasco, aunque en el proyecto original se entrelazaban algunas escenas de ficción, finalmente, solo se mantuvieron la inicial y unas apariciones del actor Enrique Escudero interpretando a un alcohólico que habla solo en la barra del bar). Vamos a entrar, pues, en un espacio incierto en el que el pasado y el presente se confunden, porque las crisis y sus víctimas son las mismas en todos los tiempos, antes del 92, en el 92 y después del 92…


A esta identificación / simbiosis entre el pasado y el presente —la película se grabó íntegramente en la actualidad, durante nueve días en un bar de la ciudad de Cartagena (tras un largo y muy exigente proceso de casting), y las únicas imágenes de archivo son las que reproducen los sucesos de aquel día— contribuye el propio vestuario que se proporcionó a sus personajes (reales), la narración en planos muy cortos y con una profundidad de campo prácticamente nula que descontextualiza la situación (esto, además, permitía situar las cámaras a cierta distancia por el empleo de focales largas, facilitando la espontaneidad de las conversaciones) e incluso me temo (y esto es una suposición) la recomendación de que los personajes fumaran lo más que pudieran, ya que el humo de los cigarrillos nos remite inevitablemente a un pasado. Durante muchos minutos el espectador cree estar contemplando el pasado, ese año 92 en el que se descubrió todo, hasta que, lentamente, comienza a recibir datos que le hacen sospechar que le han confundido en el tiempo.


Una celada que el cineasta maneja con precisión, de modo que cuando el espectador descubre el «engaño» y se da cuenta de que se encuentra en el presente descubre que, en este caso, el tiempo es una categoría que tiene una importancia relativa, ya que todo pertenece a la misma historia, los jóvenes del presente son la prolongación / consecuencia de los jóvenes del pasado, todos ellos son víctimas de la misma crisis del mismo sistema y su única diferencia es que cada vez andan más despojados de las armas de las que dispusieron en el pasado.


La película ha obtenido el Goya al mejor documental en la reciente edición de los premios del cine español —y tenía, al menos, un competidor muy fuerte en «My Mexican Bretzel», otra propuesta documental tremendamente novedosa y sugestiva— y constituye un trabajo de largo alcance en este género, ya que consigue, como pocas veces he visto en una pantalla, introducirnos en la vida de los personajes que componen su puzle, de modo que, al final, creemos conocerlos, como si cada uno de nosotros se estuviera tomando unas cervezas con ellos en ese bar y participara, en la distancia de la pantalla de una sala de cine o de una plataforma, de las conversaciones que tienen, coincidiendo en unas cosas y discrepando en otras. Reflexionando, en definitiva, sobre un tiempo y unas circunstancias que forman parte de tu propia vida porque tú estás tan dentro de esa realidad como sus doloridos personajes.

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