El enigma Terrence Malick

30 Ene El enigma Terrence Malick

 

La oportunidad de ver, a través de una plataforma, dos de las últimas películas de Terrence Malick, que no sé si llegaron a estrenarse en salas comerciales españolas (en cualquier caso, de forma muy limitada), es el motivo de este texto que pretende ser una breve reflexión sobre este cineasta que, durante mucho tiempo, fue de culto y que, actualmente, no sabría en qué categoría de aprecio cinéfilo clasificarlo. En cualquier caso, un autor tremendamente singular.


Su aclamado debut se produjo en 1973, cuando contaba con 30 años de edad, con dos películas consecutivas, aunque entre ambas hay cinco años de distancia, que le convirtieron en el nuevo niño prodigio de la cinematografía norteamericana: «Malas tierras» y «Días del cielo», en ambos casos unos relatos trágicos asociados a la juventud y al medio rural, que están marcados por un estimable aliento lírico que le proporcionó ese reconocimiento internacional. Dos buenas películas, en mi opinión, aunque nunca llegué a compartir esa veneración que le profesaron algunos.


Lo misterioso comienza a continuación, ya que nuestro hombre, en la cima de la industria, se pasó 20 años, que se dice pronto, sin realizar ninguna otra película. Su regreso se produjo cuando ya nadie le esperaba y se había convertido en un cineasta de culto, casi de leyenda. Lo hace en 1998 con «La delgada línea roja», un bélico inspirado en una novela de James Jones —que un estimado colega de pasiones cinéfilas me descubrió que ya había sido llevada a la pantalla en 1964 en una película que en España se distribuyó como «El ataque duró siete días»—, que destaca por su realismo y por la intensidad de los diversos conflictos morales que plantea.


Una línea realista, en la tradición del cineasta y con todos esos componentes poéticos marca de la casa, que se prolonga en su siguiente trabajo, «El nuevo mundo» (2005), realizado siete años más tarde, siguiendo igualmente con la «tradición» de espaciar generosamente sus películas. Se trata de una historia ambientada en la América colonial de principios del XVII, que recrea de manera realista, siempre dentro de ese aliento lírico que caracteriza al cineasta, la leyenda de la nativa Pocahontas, un personaje que tiene más de una aparición en la pantalla.


La tercera y más desconcertante etapa del cineasta se inaugura seis años más tarde con «El árbol de la vida» (2011), una película sobre la que me correspondió escribir en el medio en el que todavía trabajo, la Cartelera Turia de Valencia, y que me pareció una obra maestra. Terrence Malick no había abandonado su aliento lírico / poético, todo lo contrario lo había elevado a la categoría de aspiración fundamental de su película, pues había desaparecido cualquier vestigio de historia y la narración andaba mucho más cerca del ensayo o la poesía que de la novela, el género literario en el que siempre se ha mirado el cine. Cierto es que, volviendo la vista atrás, nuestro hombre nunca se había ajustado mucho a las exigencias habituales de la industria y sus películas tomaban prestados numerosos elementos procedentes de la poesía, pero nunca había cortado amarras con la novela de una manera tan drástica como hacía en esta película que inauguraba la etapa que todavía parece que anda recorriendo en la actualidad.


Una etapa en la que el cineasta, ya en la década de los setenta años de edad, nos está ofreciendo películas con una continuidad completamente desconocida en su trayectoria, pues hasta el momento ha firmado cuatro películas y una quinta que se anuncia en post producción. No conozco la última de esas primeras cuatro, «Vida oculta», estrenada en nuestras pantallas y de tres horas de duración, pero las tres anteriores, que sí que conozco, insisten en esa personalísima y arriesgada línea que inauguraba en «El árbol de la vida». Y dos de esas tres películas son el origen de este texto que apuntaba al principio.


Se trata de «Knight of cups» (2015) y «Song to song» (2017), en ambos casos dos propuestas que no me han convencido. Puede que algo la primera, pero en absoluto la segunda, aunque siga valorando la tentativa del cineasta de escribir un cine al margen de los condicionamientos de una historia. Son películas que cuentan con actores de mucho peso tanto comercial como artístico (Christian Bale, Cate Blanchett, Natalie Portman, Ryan Gosling, Rooney Mara, Michael Fassbender), incluso con la participación episódica, casi amistosa, de otros actores de similar prestigio (Antonio Banderas, Val Kilmer, Holly Hunter, Ryan O’Neal), que apuestan decididamente por las posibilidades que ofrece la tecnología digital, utilizan focales muy cortas que abarcan un gran espacio y deforman la perspectiva y recurren en muchas ocasiones a textos en off sobre unas imágenes, aunque la mayor parte de las veces es difícil encontrar una correspondencia o establecer una relación entre ambos.


Sinceramente, «Song to song» me pareció un fracaso absoluto, una sucesión de escenas arbitrarias (hay algunas que parece que los actores pasaban por allí y hacían unas cuantas monadas, una cosa es trabajar sin guion, buscando la espontaneidad del momento del rodaje, y otra es hacer chorradas), fundamentalmente de relaciones de los protagonistas masculinos con diversas mujeres —casi todos pertenecientes a unas clases altas, muy altas, que tienen tiempo para estos tormentos interiores—, que sirven de fondo para unas reflexiones morales sobre la existencia, la insatisfacción, la vida plena y otros conceptos de similar alcance, que muchas veces, y esta me temo que es una de ellas, se disuelven en el pozo de la intrascendencia.


Idéntica voluntad manifiesta en «Knight of cups» y también similares batacazos se propina, aunque en esta ocasión he encontrado algunos momentos de aceptable y enigmático magnetismo, por más que en el off siga incluyendo frases en el filo del abismo anterior: «No quieres amor, quieres experimentar el amor». «Nunca quisiste estar dentro de nuestro matrimonio y fuera tampoco». «Los sueños están bien, pero no puedes vivir de ellos»…
A pesar de todos estos desalentadores y personales comentarios, es evidente que con un autor así queda mucho margen para el debate y, en cualquier caso, no se puede negar que nuestro cineasta trata de hallar nuevos caminos para el séptimo arte, por mucho que, en mi opinión, ande completamente extraviado en los senderos que ha elegido en esta última fase. Unos caminos que, sin embargo, creo que había explorado con brillantez en su primera película de esta etapa: «El árbol de la vida». Igual lo que pasa es que ya lo había contado todo…
Lo dicho: el enigma Terrence Malick.

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1Comment
  • Andrew Hamsten
    Publicado a las 15:35h, 19 febrero Responder

    Completamente de acuerdo, y me ha fascinado hasta “El árbol…” En “Días. ..” el papel de Shepard es antología. He llegado a pensar que see había ido más allá, pero quizás es lo que tú dices, que se le ha ido de las manos o se ha dejado caer en la vida contemplativa

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