Green Book: cine de manual

12 Feb Green Book: cine de manual

 

Peter Farrelly es, junto a su hermano Bobby, la cabeza visible de un modelo de comedia alocada norteamericana —heredera de la screwball comedy de los años treinta— caracterizada por la menguada inteligencia de sus protagonistas, con uno de los títulos de referencia de este apartado: Algo pasa con Mary (1998). Toda su carrera se ha movido, hasta el momento, dentro de este modelo, con títulos tan poco recomendables como Dos tontos muy tontos (1994), Vaya par de idiotas (1996), Los tres chiflados (2012) o Dos tontos todavía más tontos (2014).
Su irrupción en un cine situado en las antípodas, con la presente Green Book, puede despertar, por lo tanto, todo tipo de desconfianzas, pero hay algo que no le podemos negar al cineasta y es una acreditada profesionalidad que le ha permitido cambiar de registro sin despeinarse. Tan poco reconocible puede ser la película dentro de la filmografía de su director como sorprendente resulta su protagonista, un estupendo Viggo Mortensen, con unos cuantos kilos de más, en la piel de un italoamericano paleto y pendenciero. Pero, en ambos casos, estamos hablando de buenos profesionales y tanto la calidad del producto como de la interpretación están plenamente garantizadas.


Titulaba Carlos Boyero su crítica en El País, y cito de memoria, que se trataba de una película que te sabes pero que te gusta; y, esta misma mañana, una amiga, que la había visto ayer, me comentaba que habían hecho una película para que te gustara y que, claro, cómo no te iba a gustar. En estos dos testimonios, recogidos desde la crítica especializada y desde el aficionado cinéfilo, se resume lo mejor y lo menos convincente de esta producción. Se trata de un relato excesivamente previsible en su construcción y desarrollo —si has trabajado como guionista todavía te resultan más evidentes sus movimientos de trama y personajes—, pero muy efectivo cara a los sentimientos y emociones del espectador, y conseguir esto puede parecer sencillo pero les aseguro que no lo es.


Lo primero que hemos de destacar, pues, de Green Book es su impecable acabado, lo cual puede ser algo que, a una película, se le suponga —como aquel viejo valor de las cartillas militares—, pero les vuelvo a asegurar que no es un mérito habitual en el cine comercial. Sin embargo, la película es algo más que eso —tampoco demasiado más, no hay que exagerar—, porque añade un plus de humanidad y complejidad en su construcción de personajes y situaciones. Y, sobre todo, porque nos propone una reflexión sobre una situación, relativamente superada en la sociedad norteamericana actual, el racismo, con una intolerable historia (inspirada en un caso real) ambientada en los años sesenta, en la que el protagonista, un virtuoso pianista de gira por el sur profundo de los USA, debe viajar con una guía, el Green Book del título, que recoge los hoteles en los que pueden alojarse las personas de raza negra. Una anécdota fácil de trascender a realidades más actuales en las que la discriminación del diferente amenaza con convertirse en moneda corriente.

 

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