Happy End, de Michael Haneke

POST 112.1

27 jul Happy End, de Michael Haneke

 

Michael Haneke es un cineasta austríaco especialmente áspero en temática y narrativa, prácticamente desconocido para el gran público, pero con muchos incondicionales entre los cinéfilos, aunque también con bastantes detractores en diverso grado. Yo me cuento entre los primeros, aunque con reparos, me encantan Benny’s Video y La cinta blanca, algo menos Amour, todavía algo menos Caché, La pianista y Código desconocido, y no sabría qué hacer con Funny games, cualquier cosa menos volver a verla, lo cual no sé si es un elogio o un reproche para la película.

POST 112.2
Ahora se acaba de estrenar Happy End, con más división de opiniones entre los cinéfilos —al resto le importa un bledo— que de costumbre. Para ilustrar la sensación que me ha producido esta película les voy a contar mi primer encuentro con el cineasta. Sucedió en el año 92, cuando dentro de la Quincena del Festival de Cannes se proyectó Benny’s Video —por Valencia creo que ya se había podido ver El séptimo continente, no recuerdo a través de qué circuito, pero yo la desconocía— en una sesión abarrotada de espectadores expectantes. Yo era uno de ellos.

POST 112.3
Hay en esa película una larga escena, en plano fijo, de una tensa partida de ping pong que dura mucho más de lo aconsejado en cualquier manual y que expresa perfectamente el clima moral de la película. Cuando finalmente el cineasta se decide a dar por concluida la escena —uno podía haber ido al servicio y volver antes de que se acabara el plano— la sala estalló en una cerrada y convencida ovación. Yo también aplaudí de buen grado, aunque pensé… esto está muy bien como recurso excepcional y rompedor en una película, pero como haya muchas más películas con planos de esta duración seguro que me cambio de sala.
Pues algo parecido es lo que me ha pasado con Happy End, que tanto cinismo, tanta impostura y tanta maldad en las relaciones humanas me termina resultando un tanto impostado, como si el cineasta se aferrara a una marca de fábrica y no supiera o no quisiera —que no es lo mismo— salir de ella. La verdad es que Haneke haciendo de Haneke me empieza a abrumar un poco.

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