Lucky, mirando a los ojos a la muerte

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10 may Lucky, mirando a los ojos a la muerte

 

En el último plano de la última película de nuestro Luis García Berlanga —Paris Tombuctú (1999)—, el cineasta confesaba tener miedo ante la proximidad de ese final que a todos nos alcanzará y que nos sumirá en ese concepto tan difícil de asumir y comprender que es la nada eterna. Otro gran cineasta, John Huston, cerraba su última película —The dead, en el original, Dublineses en España— con una mágica escena en que se recitaba un off con las últimas líneas del relato original de James Joyce en el que se inspiraba, una meditación, de un alcance muy pocas veces conseguido por cualquier arte, sobre ese tránsito definitivo de la vida humana.

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No son muchas las películas que miran sin complejos a los ojos de la muerte, no parece ser el mejor modo de pasar la tarde con un bote de palomitas entre las manos, pero sí que hay una pequeña tropa de valientes que han traspasado ese límite. Algunas filmando literalmente los últimos momentos de sus protagonistas, como el trabajo de nuestro paisano Toni Canet, Las alas  de la vida (2006), o el desgarrador film de Wim Wenders Lightning over water / Relámpago sobre el agua (1980), con un Nicholas Ray agonizante. Lucky, la película que ahora llega a nuestras pantallas, se une a esa selecta lista.

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En este caso no se trata de ningún dolorido testamento de su autor, pues su director, John Carroll Lynch (un buen actor especializado en personajes secundarios —Fargo, Gran Torino, Shutter Island— que debuta en la realización con esta estimable película), todavía es joven y teóricamente tiene el final más lejos que muchos de nosotros. El aliento testamentario procede de su protagonista, Harry Dean Stanton, otro de los grandes actores secundarios del cine norteamericano, que el aficionado recordará por Paris Texas (Wim Wenders, 1984), una de sus escasas apariciones como protagonista, y que ahora presta su rostro, una auténtica máscara mortuoria —de hecho fallecería, con 91 años de edad, poco después de concluir el rodaje, unos días antes del estreno de la película—, y sus quebrados andares a ese solitario personaje de la América profunda que, prácticamente, soporta toda la película.

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Efectivamente, la película es nada más y nada menos que eso, la mirada a un personaje —de la ficción, el Lucky del film, y de la realidad, el actor que lo interpreta— que ya se encuentra recorriendo la frontera de la muerte, la auténtica protagonista de esta pequeña y admirable película, que cuenta con algunas escenas que quedaran para siempre en la memoria del aficionado, ésa en la que Dean Stanton canta en castellano Volver, volver, o esa sonrisa de despedida de los planos finales que evoca la hermosa historia de la niña budista que nos han contado unas escenas antes. Un cine desnudo y sin artificios que emociona de verdad.

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