El corazón helado.

POST 105.1

17 may El corazón helado.

 

No había leído nada de Almudena Grandes. «El corazón helado» es mi primer encuentro con esta reconocida autora. Sabía por las referencias, algunas obtenidas en conversaciones directas, que era una cronista imprescindible de la historia de los vencidos en nuestra Guerra Civil. Buena cosa, sin duda, aunque no definitiva porque lo importante era cómo contara esa crónica.
Aunque, en su caso, esta «buena cosa» se convierte pronto en sobresaliente porque retrata esa historia oculta con las mejores armas de la gran literatura, con las emociones y los sentimientos. En este aspecto, la novela me ha parecido extraordinaria, con un alcance humano y una intensidad emocional que pocas veces he visto en las páginas de un libro. Los que perdieron y murieron, los que se quedaron y sufrieron la represión, los que se fueron y padecieron el exilio, los que nacieron después y vivieron una vida que era la de sus padres, los que ganaron y vieron como sus ideales eran traicionados, los que ganaron y medraron porque de eso se trata cuando se gana una guerra… y por encima de todos uno de los personajes protagonistas —el padre porque el personaje del hijo me interesa bastante menos— absolutamente grandioso, con esa doble cara que define a los grandes traidores de la ficción.
Muy eficaz resulta, igualmente, una concepción del argumento y la trama vinculada a esos secretos y dramas familiares con mil ramificaciones que constituyen territorio predilecto de las telenovelas, aunque aquí las cotas de complejidad no son, en absoluto, comparables. Pero esa base común puede que explique, al menos en parte, el gran tirón popular que tienen sus obras que, en cualquier caso, son de una prosa bastante exigente. Hay que tener mucho talento para trabajar en ese universo sin caer en ninguna de sus trampas y Almudena Grandes lo consigue de manera ejemplar.

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Pero, a pesar de todas estas noticias positivas, la novela no me ha terminado de convencer, y sigo hablando como simple lector que sólo pretende transmitir sus impresiones personales, sin tratar de dar lecciones a nadie. Faltaría más. Voy a concretar en tres razones este relativo desaliento que me ha producido «El corazón helado».
La primera es que repite, reitera, demasiadas cosas, a veces de un capítulo a otro, pero también dentro del mismo capítulo, incluso de la misma página o del mismo párrafo. Un poco como sucede en las mencionadas telenovelas, en las que una y otra vez se vuelve sobre lo mismo para poder cubrir el metraje —aquí no hay ningún metraje obligatorio pero, en mi opinión, sí demasiadas páginas para la historia que cuenta—, de modo que es posible dejar de ver algunos episodios y no perder el hilo de la historia. En la novela también te puedes saltar unos cuantos párrafos, cuando lo que te cuentan ya te lo han dicho antes, y te vuelves a enganchar al relato sin ningún problema.
La segunda es que apenas deja libertad al lector para que saque sus propias conclusiones, incluso sus propias emociones, ya que la voz del narrador, muchas veces identificada con la de los personajes, como veremos en el siguiente punto, nos explica lo que sienten, por qué lo sienten, cómo lo sienten, qué significa que lo sientan… No es ésta la literatura que prefiero, me siento demasiado conducido, demasiado cautivo de la mirada del autor, casi sin margen para discrepar.
Y, finalmente, la tercera alcanza a los personajes ya que esa «explicación» la vehicula, muchas veces, a través de ellos, ya sea en una primera persona, que lo hace inevitable, o en una tercera que casi linda el indirecto libre, por lo dependiente que resulta del interior del personaje en cuestión. La consecuencia es que estos personajes se acaban convirtiendo un poco en novelistas, por el discurso que efectúan tanto sobre sus propias emociones como, en ocasiones, sobre el propio curso de la historia, y esto actúa en su contra, uniformándolos y restándoles humanidad.
Claro que un autor elige y éstas son las elecciones de Almudena Grandes. Buenas elecciones deben ser cuando sus obras han gozado de un amplio éxito entre el público y la crítica. Pero, bueno, uno dice lo que piensa.

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