The Post: Los archivos secretos del Pentágono

02 feb The Post: Los archivos secretos del Pentágono

 

Hay películas, buenas películas, en las que la propia obviedad moral de sus propuestas casi termina convirtiéndose en un argumento en su contra. Por muy necesario que siga siendo recordar e insistir en determinadas cuestiones que, a pesar de resultar evidentes, muchas veces son olvidadas con demasiada facilidad.
The Post, en España distribuida como Los archivos secretos del Pentágono (un cambio de título bastante lógico, ya que el rotativo de Washington no es un término de uso común entre nosotros), es una de esas películas. Un implacable alegato a favor de dos pilares de la democracia tal como la entendemos y vivimos en la actualidad. El primero, la igualdad entre hombres y mujeres, o para ser más precisos con los planteamientos de la película, el acceso normalizado de la mujer a los puestos de decisión tradicionalmente reservados a los hombres, algo que, afortunadamente, sigue en permanente avance entre nosotros pero todavía sin poder ver con precisión la llegada a meta. Y el segundo, el papel imprescindible de la prensa libre como contrapeso del poder político, por mucha legitimidad democrática que le adjudiquen las urnas, esta segunda cuestión en permanente situación de acoso y derribo con los modernos usos de la sociedad de la información: la supuesta democratización informativa que traen las redes sociales, las fake news, la posverdad, el cerco al periodismo de fondo y de investigación…


Como vemos, dos reivindicaciones imprescindibles pero que en la película aparecen demasiado subrayadas. Demasiado implacable, demasiado alegato, con escaso espacio para las sombras y no digo que el cineasta no haya reservado nada para esa zona de tinieblas sino que lo ha hecho con cuentagotas. Sin alcanzar la acidez o la complejidad que exhibían, por ejemplo, Spotlight (Tom McCarthy, 2015), por citar otro clásico reciente sobre la función de la prensa libre, o El puente de los espías (2015), en este caso si nos referimos al anterior trabajo de la pareja Steven Spielberg y Tom Hanks.


Hecha esta salvedad, el resto de comentarios sobre el film son prácticamente todo elogios, comenzando por esa extraordinaria capacidad que, muchas veces, muestra el cine norteamericano para encajar las historias reales dentro de los parámetros de la ficción. La película, como se sabe, se inspira en unos hechos auténticos, la divulgación por parte de la prensa norteamericana —primero el New York Times, después el Washington Post y a continuación toda una cascada de rotativos— de un informe secreto elaborado por el secretario de estado —primero con Kennedy y luego con Johnson— Robert McNamara, en el que dejaba al descubierto las mentiras del poder político sobre las condiciones e intenciones de la guerra del Vietnam, un conflicto en el que, además de muchos habitantes del país, se continuaban dejando la vida miles de jóvenes norteamericanos.


En este apartado narrativo la película es sencillamente perfecta, con un aliento aparentemente clásico pero que, en realidad, es de lo más moderno y constituye la lógica evolución de un lenguaje cinematográfico, asociado al cine norteamericano, en el que han ido dejando sus aportaciones numerosos cineastas a lo largo de su historia. La actual película de Spielberg —como también sucedía con El puente de los espías— es un eslabón más en esa cadena de buen cine que está narrado con esos mecanismos de alcance universal que distinguen a las historias de siempre.

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