La forma del agua

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24 feb La forma del agua

 

Hay películas que, sin que acierte a comprender muy bien el motivo, nacen con buena estrella. De pronto comienzan a acumular reconocimientos y acaban sumando unas quince nominaciones para los Oscars; al tiempo que los críticos más feroces las saludan como la obra maestra de sus autores; y algunos amigos cinéfilos, poco dados a aplaudir sin motivo, suman y siguen en lo de obra maestra. La forma del agua, el último trabajo del mexicano Guillermo del Toro, es una de esas películas porque en ella se dan cita las tres circunstancias que acabo de mencionar. La buena estrella o la flor en el culo, como prefieran.

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Guillermo del Toro es un cineasta que me cae bien, un autor de tremenda personalidad y poseedor de un universo propio que, bajo diversas apariencias y anécdotas, ha ido trasladando a la pantalla. Me gusta esa manera que tiene de trascender el fantastic terror en El espinazo del diablo (2001), o la relectura que efectúa de los cuentos infantiles en El laberinto del fauno (2006), o la encantadora evocación del terror de serie B en Mimic (1997)… y también me gusta La forma del agua… no vayan a pensar tan mal… pero menos.

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El antecedente profundo de esta historia hay que buscarlo en el mito de la Bella y la Bestia, un cuento tradicional francés, en el que algunos rastrean influencias que llegan, cómo no, hasta los griegos, y cuyas primeras plasmaciones escritas reconocidas se remontan a mediados del siglo XVIII, conociendo a partir de entonces numerosas versiones.
En la pantalla —al margen de la adaptación que, sobre el mencionado cuento, realizó Jean Cocteau en 1946, con Jean Marais— la versión más conocida y que se puede decir que fija las condiciones del mito en la pantalla, es King Kong (Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, 1933).

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Sin embargo, la película de Guillermo del Toro tiene otro antecedente que todavía le resulta más cercano, tanto que, si sus creadores todavía estuvieran vivos, puede que incluso pudieran demandarlo por “plagio”. Se trata de un clásico del fantástico de serie B, Creature from the Black Lagoon / La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954), cuya criatura es prima hermana de la que ahora nos visita, aunque el argumento y la trama sean completamente distintos y lo del «plagio» que había escrito antes no sea más que una pequeña boutade.

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El problema que le veo a la película no tiene nada que ver con todos estos antecedentes, ni con la ocasional resta de originalidad que éstos pudieran provocar, ni tampoco con los elementos que toma prestados del film de Arnold. El problema surge de la propia película pues, a pesar de su impecable factura visual y de la acostumbrada capacidad poética de su responsable, es tremendamente simple —no quiero llegar a simplona, pero tampoco me he «esforzado» mucho en hacerlo— en todas sus propuestas de trama y de personajes, muy de peli de buenos y malos de una pieza, aunque las singularidades de la protagonista añaden un punto de complejidad al tema. Pero es eso y prácticamente nada más, y la película casi termina siendo un cuento de hadas en el que todos los pasos se van cumpliendo sin apenas margen para sorpresa y con un happy end al más puro estilo del Hollywood de la fábrica de sueños, aunque nuestros personajes acaben en remojo.

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