José Morea: El viajero que siempre estuvo aquí.

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22 feb José Morea: El viajero que siempre estuvo aquí.

 

Conocí a José Morea hace unos años, no demasiados, aunque estoy seguro de que, en ese pasado ya lejano que, ahora, es nuestra juventud, nos cruzaríamos más de una vez, incluso es probable que llegáramos a conversar. Así lo afirmaría la teoría de las probabilidades pues ambos compartimos espacios y ambientes en esa amplia franja de días y, sobre todo, de noches que recorrimos antes de, durante, después de y mucho después de ese momento de nuestra generación al que llaman la transición. De lo que estoy seguro es que una vez coincidimos, fue en unos Premios Turia, la publicación en la que colaboro casi desde siempre, en los que se reconocía su trayectoria con uno de nuestros Halcones. Esa noche yo acompañaba a una buena amiga —la mejor— que se acercó a saludarlo ya que eran primos más o menos cercanos.
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Entonces no sospechaba que, muchos años más tarde, acabaría realizando un documental sobre este artista y su obra. No tenía ninguna razón para haberlo imaginado, pero si alguien me lo hubiera susurrado al oído tampoco me hubiera parecido algo imposible, al fin y al cabo llevo toda la vida en esto del audiovisual —sin llegar a ninguna parte, es cierto, pero sin parar de caminar— y todo podía suceder. Complicado, muy complicado, pero posible. Claro que si esa misma voz anticipadora del futuro me hubiera susurrado, a continuación, que también acabaría escribiendo el texto de introducción del catálogo de una exposición antológica de su vida y su obra, hubiera deducido que esa voz pertenecía a un perturbado que carecía de contacto alguno con la realidad. Eso era sencillamente imposible porque mis conocimientos de las artes plásticas eran —y son— muy limitados, apenas reducidos al mínimo indispensable para alguien que pretendía vivir —y que, a la larga, ha vivido— de la cultura.
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Sin embargo, como nada está escrito, aquí me tienen, concluyendo un documental titulado «Big Bang Morea» y enredado con este texto en el que pretendo contarles lo que he encontrado en estos meses que, con motivo de ese proyecto, he vivido dentro de la compleja, cambiante, apasionante y desconcertante obra de José Morea. De su obra o de su vida que, para algunas de las voces autorizadas que encontrarán en la hemeroteca de textos que acompañan a las series de la vida de Morea, son la misma cosa y la única incógnita que quedaría pendiente es si pinta lo que vive o vive lo que pinta.
«Morea, por así decir, sigue esperando que su pintura se la destile de alguna manera su propia vida, como parece anhelar que su vida la determine esencialmente su propia pintura.» (Vicente Jarque, Retrato de Morea como artista ausente. Catálogo exposición Animala Est. Xiva, 1997).
Sea lo primero o sea lo segundo —aunque, muy probablemente, no se trate de conceptos antagónicos y haya una especie de confluencia entre la vida y la obra de Morea, como si existiera una dialéctica entre ambas que hiciera imposible tratar de comprender la una sin la otra—, ésta va ser la primera de las cuatro etapas de este texto, que se corresponden con las propias de comprensión y construcción que he seguido en la elaboración de mi documental sobre José Morea. Lo que van a leer a continuación es, pues, todo lo que he descubierto. Un poco com
o apuntaba Sam Fuller al principio de su película «Shock corridor»: Ésta es mi historia… hasta dónde puedo contarla.
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 1. El nómada con raíces.
La primera imagen que nos proyecta José Morea se deriva, precisamente, de esta dualidad que acabamos de mencionar. Es imposible concebir su obra como si estuviera realizada en el interior de un estudio detenido en el espacio y en el tiempo. Morea es la expresión misma del nomadismo, del artista que está convencido de que todo está siempre en otra parte. Todos los textos que había consultado lo decían, sus propias series lo atestiguaban y, sobre todo, él me lo había contado. Morea, el pintor en movimiento, el pintor nómada…
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«En aquella época estaba haciendo un tipo de pintura más o menos etiquetada, lo que se daba en llamar pintura de los 80, nueva ola, etc. Sabía muy bien cuando un cuadro estaba acabado y para mí todas las pautas del trabajo estaban muy claras, demasiado claras. El progresivo aburrimiento provocó un cambio en mi actitud y en mi planteamiento del trabajo. Así que alimenté rápido el monstruo del autoexilio.» (José Morea a Pablo Ramírez. El artista como turista nada accidental. Exposición Animala Est. Xiva, 1997).
Pero había algo que no terminaba de encajar en el personaje y que, en cambio, le dotaba de complejidad —disculpen esta pequeña deformación profesional que hace que muchas veces aplique a las personas (reales) los códigos de los personajes de ficción— y lo convertía en apasionante. Morea era, ciertamente, la expresión misma del nomadismo,  su vida y su obra (o viceversa) no dejaban lugar a dudas. Eso era así desde que, en el otoño de 1984, cuando ya se había hecho un hueco entre los jóvenes pintores del momento, se marchara a Italia y diera un vuelco a su trayectoria para desesperación de su experimentado galerista.
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Sin embargo, cuando la casa familiar, ese laberinto mágico que hoy es inseparable del universo Morea, se encuentra en peligro de desaparecer en un proceso de venta que, seguro, hubiera acabado con sus muros en el suelo, es José Morea el que acude a su rescate y se hace cargo de ella, enfrascándose en un laborioso proceso de remiendos y apaños que parece no tener fin. Agarrándose con sus propias manos a esas raíces que la vida, o el mundo real, pretendía liquidar. El nómada con raíces, casi un oxímoron si fuera un simple enunciado, pero toda una ventana abierta a la complejidad si lo aplicamos a un personaje de ficción… o a una persona (real), pues, como ya les he dicho, muchas veces me pierdo en las fronteras que les separan.
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2. Una vida en series.
«¿No estará produciendo Morea estilos demasiado distintos? ¿A qué se deben los cambios y ese trabajo en series? A esta pregunta, que sólo puede inquietar al espectador no sensible, se la tiene que contestar con esta reflexión: nos parece que Morea muestra en su pintura, tanto retazos de su propia vida como imágenes extraídas de su pura fantasía. Pero siempre se trata de expresiones de su mundo personal, sin trampa ni cartón, enormemente sinceras.» (José Morea o el hedonismo, Victoria Combalía. José Morea pinturas 1980 / 1989. Museo de Arte Moderno de Santiago de Chile).
Las series que componen esta exposición nos (de)muestran precisamente eso, una obra en continuo movimiento que no puede existir sin un autor que se encuentre permanentemente en el camino. Alguien que vaya de un sitio a otro, encontrando —no creo que Morea haya ido de aquí para allá buscando nada en concreto sino movido por la seguridad de que iba a hallar algo que todavía no sabía lo que era—, asimilando, transformando, expresando… Puede que, cuando nos detengamos ante cada una de las series de esta muestra, no seamos capaces de precisar dónde pero sí que estaremos seguros de que ahora nuestro hombre se encuentra en otra parte.
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Y seguro que también habrá ocasiones en las que descubriremos que esa «otra parte» es un lugar en el que nosotros hemos estado en otro tiempo, aunque en aquel momento no fuéramos capaces de ver lo que esos cuadros nos están contando ahora. Eso es lo que me sucede con las series protagonizadas por forzudos, egipcios y demás perversiones, realizadas a principios de los ochenta a caballo entre Valencia y Madrid. Yo he estado en esos sitios, en esos momentos. Cuando la transición se iba ocultando lentamente tras la sombra de diversas decepciones y cuando, casi en paralelo, la vida negada hasta entonces asomaba con todo su color. Yo he visto esa tabla con plancha voladora, he jugado en ese flipper y flipper, he compartido habitación con el D.J. Smoker (aunque no fuera ningún boy obsexivo), he estado bajo la luz cegadora de una playa en sol mayor, he contemplado mi autorretrato exagerado en el espejo de más de un lavabo, he competido al futbolín con un egipcio heráldico, he visto a más de una chica iluminada por una paella y me he tomado algo con una pareja egipcia entre rubia y morena…
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Lo mismo me sucede cuando llego a la serie Acid-B(arcelona), realizada en esa ciudad unos años más tarde, cuando esa década del entusiasmo ya agotaba su tiempo y su impulso. Yo he sido una de esas cebras con forma humana y maneras de momia sicodélica. He visto el faisán ácido y he conocido la muerte ácida. He compartido más de un eclipse tecnodancer y me he apoyado en demasiadas columnas. Me he tumbado sobre muchos rojos de la nostalgia. Puede que entonces no lo viera como lo hago ahora, cuando Morea me lo está contando con su pintura, pero estoy seguro de que es así como sucedió.
Muchos lugares, muchos colores, muchas historias, muchas emociones, muchos sentimientos. Xiva, Valencia, Madrid, Mallorca, Canarias, Roma, Oriente, Sicilia, Barcelona, Brasil… Una vida contada en series o unas series que son una vida. Forzudos, deportistas y otras perversiones, Egipcios, Doñana maravillosa, Roma, Palermo, Torino, la Luna de Valencia, la Nostalgia porcina, Acid-B, los retratos de El Fayyum, Bomarzo, Orientalia y Brasil, Salvador de Bahía en tres etapas, la playa de Ribeira, el campo de La Chácara y la ciudad de Desterro. Siempre en movimiento, encontrando, sintiendo, expresando… Más de mil obras y más de ochenta exposiciones internacionales en casi cuarenta años de trabajo.
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3. El maldito.
«Morea, además, está aquejado positivamente de malditismo. A pesar de ser una persona afable y educadísima, persiste en frecuentar todo tipo de malas compañías y fijarse en ejemplos no ejemplares. (…) Tal como indicaba antes esta dedicación de Morea hacia lo maldito, los malditos, los héroes imposibles más que los héroes fatigados —tan de moda antaño— se trasluce en su obra como un pretexto, o un argumento anterior.» (Joan Abello, La exasperación del mito. Exposición en Catania, 1991).
La sombra del maldito es casi inevitable cuando conocemos a José Morea, especialmente si este encuentro tiene lugar en su casa de Xiva, ese espacio que Vicente Jarque, uno de sus estudiosos más constantes, describe como un lugar pasablemente indescriptible en donde se tiene la impresión de que perderse puede ser casi lo mismo que encontrarse. Y por si acaso no la advertíamos, cosa realmente difícil, el propio Morea ya nos puso sobre la pista en una de nuestras primeras entrevistas, cuando estábamos hablando de sus inicios en la pintura, al revelarnos que, siendo prácticamente un niño, vio una película que le impresionó mucho, «Lust for life» (1956), en España distribuida como «El loco del pelo rojo», el film de Minnelli en el que Kirk Douglas interpreta al pintor Vincent Van Gogh, uno de los artistas malditos por excelencia. Un autor incomprendido en su tiempo que no pudo sospechar en vida el reconocimiento y la cotización que alcanzaría su obra tras su muerte… Un final que, prácticamente, se procuró él mismo con un disparo. Yo quería ser como ése, nos confesaba Morea que pensó entonces.
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Una fascinación infantil que, en una de las entrevistas siguientes, pudimos comprobar que continuaba viva en la edad adulta, pues le brillaron los ojillos cuando nos dijo que, en su primera estancia en Roma, se instaló en un estudio en el que había vivido un pintor italiano maldito —Carlo Quattrucci (Roma, 1932 / 1980)— que (también) había acabado con su vida pegándose un tiro. Nos mencionó, incluso, que en una de las ventanas del estudio todavía se podía ver el orificio que había causado la bala.
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Una tentación —el artista maldito— que si, además, surge durante la creación de un documental amenaza en convertirse en imprescindible. Ya se sabe que los malditos son los héroes preferidos de la ficción y, en último término, el documental no es más que otra forma de ficción. Un concepto tan sugestivo como peligroso, ya que si nos abandonamos a sus encantos podemos acabar restando complejidad y humanidad al personaje… o a la persona real, que ya me estoy liando otra vez.
Es cierto que Morea parece patear todos los charcos malditos que se encuentra en su camino, incluso parece moverse buscando esos charcos, pero no hay que olvidar que las personas pueden elegir su destino porque el mundo real es contingente. No como los personajes que están sometidos a las reglas necesarias de la ficción o al capricho de sus autores, que muchas veces son la misma cosa. Cualquier personaje daría su vida —si la tuviera— por ser un maldito, pero ninguna persona en su sano juicio desearía beber en vida las hieles del malditismo. Así que necesitaba un nuevo poliedro que fuera capaz de incorporar todas las caras del universo Morea: el nómada con raíces, las series que son la vida o la vida que son las series, el artista maldito…
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4. Big Bang Morea.
Dicen que todo comenzó en un punto de energía infinita que, al instante, se expandió mediante un gran estallido. Algo así les sucedió a los integrantes de la generación de los ochenta de la pintura valenciana, cuando el corsé político que condicionaba la creación, ya fuera para limitarla (sometiéndose) o para exigirla (rebelándose), saltó por los aires y se tuvo el espejismo de que la libertad era posible. Que cada cual podía vivir y podía expresarse tal como lo sintiera, sin rendir cuentas ni pagar tributo a nada ni a nadie. Por algo se le llamó la década del entusiasmo.
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Pero con el cambio de década llegó la crisis, la económica y la otra, y el Big Crunch, la teoría cosmológica complementaria del Big Bang, hizo su aparición y todo comenzó a contraerse buscando ese punto primigenio. Con Morea —con su vida o con su obra que, a estas alturas, ya no las vamos a separar— parecía haber sucedido algo parecido. Había comenzado aquí, en esta casa de Xiva, y se había expandido por todo el mundo. Absorbiendo primero y expresando después. ¿O era al revés? Pero, con los años, todo se había ido contrayendo y había regresado a su punto de partida. Ahora ambas se encontraban de nuevo en esa casa, José Morea y centenares de sus cuadros. Nosotros habíamos ido allí en busca de ese punto en el que todo comienza y en el que todo concluye. Pero, como sucede con todas las búsquedas que pretenden hallar la verdad, habíamos encontrado otra cosa.
«Habían ido allí para conocer cómo era el interior de ese punto, pero se habían encontrado con la respuesta a una pregunta que ni siquiera se habían hecho. Ese punto era el precio de la libertad. El precio de elegir entre el Big Bang del arte y el Big Bang del mercado. Ahora sabían que cuando el Big Bang del arte se siente amenazado comienza a contraerse, igual que dicen que sucederá con el universo. Hasta convertirse en el punto en que comenzó todo. Esperando ese momento en el que pueda volver a expandirse en un nuevo Big Bang.» (Off del documental «Big Bang Morea»).
José Morea formó parte de esa década del entusiasmo. Más que eso, como pasa con algunos de sus compañeros, es la expresión misma de ese momento. Pero todas las décadas terminan y la siguiente, los noventa, nos llegó con aquella (eterna) cantinela de que los sueños son una cosa y la realidad otra… de que la libertad es un espejismo. El problema, o la solución, es que Morea no se enteró, o no quiso enterarse, y se creyó que el espejismo de la libertad era la realidad.
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Esa es la mejor definición que encuentro para su obra, la libertad. La libertad para vivir y la libertad para pintar. Eso y su consecuencia inevitable, la furia por la vida y la furia por la pintura… O dicho de otro modo, el pintor nómada, el artista maldito, el que pinta lo que vive o el que vive lo que pinta…
Siempre siguiendo el sur de dos dioses griegos: De un lado, Dionisos, la divinidad del éxtasis y la exuberancia, de entender la vida como una continua supresión de límites. Y del otro, Caos, aquello que existe antes del comienzo, justo antes de ese Big Bang, cuando todo estaba junto en un infinito desorden. No es que Morea pretenda ordenar nada, ni en su vida ni en su obra, pero en su generoso desorden de líneas, viajes, sentimientos y colores acabamos intuyendo —contemplando, incluso, si nos esforzamos— una especie de orden errático y frenético que se corresponde con la auténtica libertad.
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Fotos: Inma Fernández.
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