Patria

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27 oct Patria

 

Que una novela española sea un éxito de ventas es una buena noticia, si además se trata de una obra de casi 650 páginas la noticia es todavía mejor y si encima es una buena novela pues la noticia ya es excelente. Eso es lo que sucede con la reciente Patria, de Fernando Aramburu, una obra que ha gozado y está gozando de una amplia difusión entre esa inmensa minoría de buenos lectores de la sociedad española.
Es una buena novela porque maneja una buena prosa —cierto que con unos planteamientos narrativos muy suyos—, porque crea unos buenos personajes, a los que mueve con habilidad y sentimiento, y porque describe con precisión y riqueza de matices un dramático apartado de nuestra historia, la continuada, irracional y perversa persistencia del terrorismo de ETA durante muchos y largos años de la democracia española.
Pero también es una buena novela porque su autor sabe procurarse la conexión con un público relativamente amplio recurriendo a técnicas propias del serial televisivo, tales como las sagas familiares o la inclusión de diversos dramas y conflictos paralelos al tema central, que aderezan una almohada de sufrimiento y comprensión en la que pueden recostarse muchas y muy diversas cabezas: el hijo homosexual que termina casándose con una pareja del mismo sexo, las desgracias sentimentales de una de las hijas o el ictus que deja a otra de ellas en un estado de gran invalidez.
Tramas secundarias que no aportan mucho a la trama principal pero que ayudan a crear esa ilusión de «universo completo» necesaria para desarrollar un tema tan incómodo como son esos años de plomo del País Vasco. Como si el autor nos quisiera gritar que en esa sociedad existe otra realidad aparte del terrorismo y que se trata de la misma que podemos encontrar en cualquier parte, esos dramas familiares que el lector puede reconocer en carne propia, en carne ajena o simplemente imaginarlos fácilmente a la luz de la ficción universal. Es la parte que menos me ha interesado, con algunas derivas que me hacían desconectar por completo (la previsible y facilona historia de Nerea con el Erasmus alemán), pero que bienvenida sea en esa doble condición como creadora de una suerte de ambientación universal y como puerta abierta para un colectivo más amplio de lectores.
Lo que me ha apasionado, en cambio, ha sido la descripción de esa fractura social ocasionada por un terrorismo disfrazado con los ropajes del nacionalismo más radical, capaz de disolver lazos de familia y de amistad que deberían estar muy por encima de las opiniones y los sentimientos políticos o religiosos (incluyan el nacionalismo en el apartado que prefieran). La precisa reconstrucción de esos macabros mecanismos que convirtieron a las víctimas en culpables y que terminaron enganchando para la causa, con leyendas y mentiras, a muchos jóvenes que causaron un daño y un dolor irreparables y que, además, arruinaron sus vidas para siempre. Un mapa físico y humano que está recreado de manera magistral y que resulta especialmente revelador en los tiempos que corren.
Punto y final merece la compleja estructura narrativa a la que recurre Fernando Aramburu, no solo por la desordenación temporal de los sucesos sino, especialmente, por ese uso continuado que efectúa del estilo indirecto libre (simplificando: el estilo indirecto es el que introduce los diálogos —o los pensamientos, como sucede mayoritariamente en este caso— en el propio texto, sin líneas separadas, con la acotación de «dijo» o «pensó». El indirecto libre suprime esa acotación e incluye la frase / línea tal cual) y que, desde luego, le concede a esta novela cierta singularidad. Un recurso que se revela eficaz aunque, en ocasiones, me resultó un tanto cansino y a veces con la sombra de lo gratuito en la trastienda.
Con todo, esta exigencia narrativa no impide algún que otro desliz en la utilización de la voz narrativa elegida, con alguna intromisión del autor en el discurso: Como en las películas. En serio. Gorka salió de su casa a media mañana para dirigirse a la biblioteca… (inicio del capítulo 51). O como ese final del capítulo 114, en el que se permite decir: Fue todo lo que dijo. Después se durmió o hizo como que dormía. Cómo que no sabes si se durmió o si hizo como si se dormía, si llevas centenares de páginas exhibiendo los poderes del narrador omnisciente que todo lo sabe.
Entiéndanse estos comentarios como puras anécdotas, casi como pequeñas bromas referidas a un texto impecable y a una obra grande en todos los sentidos: Patria, de Fernando Aramburu.

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