Los escenarios de una historia.

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13 oct Los escenarios de una historia.

 

Me encanta viajar. Cuando recorres el mundo, aunque sólo se trate de un lugar tan cercano como Europa, la mente se te abre y aquello de que lo propio es lo mejor del mundo se va al carajo, que es de dónde nunca debería haber salido. Es suficiente con caminar entre la gente, en otras calles, en otras plazas, para darte cuenta de que el mundo es demasiado grande como para envolverlo en cualquier bandera.

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Hago esta advertencia inicial porque puede que todo lo que viene a continuación sólo sea una excusa para eso, para viajar. Pero es que, cuando me dispongo a escribir una historia que sucede en otra parte, siento la necesidad de pisar esos espacios, de sentirlos… Incluso creo que me encontraría un poco impostor si comenzara el relato sin haberlo hecho. No me hizo falta en mi primera novela, “Cita con la eternidad”, porque era un thriller fantástico en el que los escenarios eran imaginarios, pero sí que me sucedió en la segunda, “Maná”, que escribí con Daniel Ramón.

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Así que me fui a recorrer los lugares en los que nuestros personajes iban a vivir la historia. Wageningen, Berlín, Helsinki… Estuve sentado en el banco en el que moriría Pekka, el policía finlandés, y pude ver la última imagen que él vería en su vida. Me alojé en la habitación del Hotel de Wereld en la que se ajustarían las cuentas en los últimos capítulos. Recorrí los pisos del edificio okupado en el que Andrea iniciaría su aventura…

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Los resultados superaron mis expectativas pues del contacto con esos espacios surgieron ideas y soluciones que impulsaron la historia. La hicieron mejor, sin ninguna duda. Claro que todo esto sigue bajo la sospecha de ser una especie de cuento chino hecho a medida porque tengo un amigo escritor, que escribe mejor que yo y que viaja más que yo, al que no creo que se le haya pasado por la cabeza utilizar sus experiencias viajeras como material para sus libros y mucho menos verse obligado a salir de viaje al lugar en el que ha imaginado su próxima historia.

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Pero, como cada uno es dueño de sus manías, yo sigo con las mías y como ya andamos —de nuevo mano a mano con Daniel Ramón— muy puestos en harina con otra novela para la que, al menos, tenemos un título excelente, que me callaré por aquello de no ser demasiado bocazas en las redes sociales, pues ya saben, me he tirado la mochila a la espalda y he estado seis días recorriendo las tres capitales europeas en las que se desarrolla la acción: París, Bruselas y Ginebra. Desde el Centro Georges Pompidou al barrio de Molenbeek pasando por la sede de la OMS.

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He ido en busca de los escenarios en los que sucederá la historia (algunos están recogidos en las fotos que ilustran este texto), aunque puede que, inicialmente, lo hiciera con menos urgencia porque, a diferencia de la ocasión anterior, esta vez se trataba de unas ciudades en las que ya había estado… Sin embargo, ahora el contacto ha sido distinto porque iba con una historia en la cabeza. Esta vez me iba a encontrar sobre el mismo suelo que iban a pisar nuestros personajes. En esos escenarios en los que tendrán que amar, mentir, matar o morir. He estado allí, junto a ellos, y ya no puedo detener la historia porque ya está sucediendo.

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Aunque, si han llegado hasta estas líneas, alguno de ustedes se preguntará que, si siento esa imperiosa necesidad de sumergirme en los escenarios de mis historias, ¿por qué no ambiento mis novelas en Valencia? Más fácil no lo podría tener. A pesar de ser una cuestión de una lógica aplastante lo cierto es que nunca he sentido ese impulso y no se me ocurre ninguna explicación para ello. Bueno, una sí, que todo esto de escribir y del escritor sólo sea una excusa para viajar.

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